Una dupla imbatible

Le faltaba un socio. Un complemento. Su espontaneidad y sus continuas ocurrencias necesitaban un feedback. El Cholo sabía que si encontraba un compañero de ruta era imparable. José, unos años menor, no muchos; apareció en el momento indicado.

Los dos vivían en Fisherton. Llevaban una buena vida y compartían el mismo círculo social. Cuando estaban juntos no paraban. Se reían y hacían reír a todos. Transmitían una energía y una motivación difícil de superar. Todos querían estar con ellos. No solo los grandes, los más chicos también. El Cholo y José eran dos niños en cuerpo de adultos.
Disfrutaban a pleno la vida. Para ellos, todo era un gran juego y lo sabían jugar.
No existían los imposibles. Las únicas personas que les ponían un límite eran sus esposas. Esa línea no la cruzaban.
Juntos podían hacer lo que querían.
La casa del Cholo funcionaba como un club de familias amigas. Era el centro de las reuniones en el barrio. Siempre había gente.
Ese domingo, el Cholo prendió el fuego en la parrilla y se sentó a tomar un vermut con una picada que preparó José. No hablaban. Estaban leyendo el diario. Uno miraba el suplemento deportivo, el otro el cuerpo central de La Capital. En 1979, las hojas del diario tenían un tamaño muy grande. Los rostros y parte del cuerpo de ambos quedaban completamente tapados cuando las extendían. En un tono suave, el Cholo dijo, como haciéndose el distraído, – Y si nos vamos a Miami en familia –.
La respuesta fue inmediata.
El suplemento voló hacia un costado, José acercó su cara en dirección al Cholo, que también había tirado el diario, y le retrucó – Ah, pero metemos Disney y Bahamas -.

El Cholo para no ser menos, cerró diciendo – Entonces, nos vamos un mes. Si no, no me muevo de acá-
En medio del asado, comunicaron la novedad a la familia. A partir de ese momento, no se hablaba de otro tema. Los chicos estaban excitadísimos pensando en Disney. No lo podían creer.
El Cholo recientemente había cobrado un juicio millonario que arrastraba desde hacía años. La mayoría de las personas en su situación pensarían en la mejor manera de administrar esa cuantiosa suma de dinero, pero el Cholo no era cualquier persona. Era distinto. Era un bon vivant. El pensaba en cómo podía disfrutar los placeres de la vida con su familia y sus amigos. Su generosidad era extrema. No se caracterizaba por ser un buen administrador.
Planificaron el viaje. Como el Cholo primero pasaba unos días en Panamá para visitar a un familiar, quedaron en encontrarse en Miami.
El Aeropuerto Internacional de Miami todavía era conocido como Wilcox Field. A media mañana aterrizó el vuelo procedente de Panamá. Era la primera vez que el Cholo viajaba a Estados Unidos. No sabía hablar, ni entendía el idioma inglés. Ana, su mujer, lo hablaba muy bien y sus hijos también. El se comunicaba con su sonrisa. Siempre le dio resultado para atravesar todas las barreras que se le presentaron.
Le dijo a Ana que termine de hacer los papeles. El se quedaba solo esperando el equipaje. Lo que no sabía era que estaba parado en una zona prohibida. Puso su mejor sonrisa, cruzó sus manos detrás de la cintura y se inclinó un poco hacia adelante, mostrando respeto y caballerosidad; cuando se le acercó un policía diciéndole – ¡Get out- Get out, here! ¡Now!- , haciendo señas con su brazo derecho. Con el otro llevaba un handy a su boca para comunicarse con otros policías.
El Cholo, acompañando esa gestualidad, le respondía – Yessssssssssssss- . Era un “yes” pausado. Alargaba las eses, como en suspensión. Le salía un sonido liviano y extendido.
El “Get out, please” se repetía insistentemente; y el “yessssssssss” también; hasta que Ana observó lo que sucedía. Acudió en ayuda del Cholo, que seguía sonriendo levemente inclinado. Le explicó al oficial que hubo una confusión y que se retiraban del lugar. Así arrancó el Cholo.
El Fointanblue es uno de los hoteles icónicos de Miami. Allí lo esperaba José con su familia. En esa fecha se realizaba una de las muestras de embarcaciones de lujo más importante de Estados Unidos, en el canal Indian Creek Waterway, sobre la Avenida Collins; frente a la entrada del hotel. De un lado el mar, del otro la exposición de yates y veleros. No lo podían creer. El Cholo y José se fueron a caminar por la playa, mientras el resto de la familia subía a sus respectivas habitaciones.
Estaban inquietos, los dos pensaban lo mismo. Doblaron en dirección opuesta a la playa. Salieron del hotel, cruzaron la avenida y se fueron a recorrer la exposición. Se subieron a todos los yates que pudieron. Tomaron champagne y comieron los bocadillos que les ofrecían. Aparentaban ser dos poderosos empresarios del Sur convencidos de lo que querían.
No necesitaban hablar. Con la mirada era suficiente. Cuando lo descubrieron, no hizo falta nada más. Estaba todo dicho. El Cholo sacó su tarjeta de crédito y lo compraron. Estaban eufóricos. Entraron al hotel. Ana y Marcela los esperaban en el lobby con los chicos. Al unísono los dos, casi gritando, les dijeron a sus esposas que se habían comprado un velero.

Ana se puso seria, Marcela furiosa. – ¿Que hicieron, qué?- fue la respuesta de las dos. -Lo pagamos en cuotas- explicó José y agregó –en treinta años -. Viendo que el clima se ponía espeso, el Cholo quiso apagar el incendio y dio más detalles – lo trasladan hasta Panamá y de allí lo llevamos a Rosario- .
El grito de Ana hizo que todos se dieran vuelta. Su cara denotaba furia, a pesar que los chicos saltaban de alegría; aunque no sabían bien cómo era un velero.
Los dos empresarios de Sud América tuvieron que regresar a la feria y pedir que anulen la operación con todo lo que eso implicaba. Pero no se rindieron, compraron dos veleros inflables que podían utilizarlo en la playa mientras estaban allí. Algo tenían que comprar.
La estadía coincidía con un evento promocional de una carrera de Gran Prix de Fórmula Uno que se realizaría el mes entrante. La atracción principal de esa jornada era que se podían probar los autos de cada escudería en el circuito armado sobre la Avenida Collins. Como no podía ser de otra manera, el Cholo y José lo hicieron. Había que anotarse, participar de un sorteo y aplicar una serie de condiciones para poder conducir. Ellos, simplemente, convencieron a la persona responsable. Manejaron los vehículos de competición. Parecían dos chicos. Se compraron todo el merchandising para ellos y para sus hijos.
Salieron vestidos con las llamativas camperas del evento. Se sentaron en un bar my concurrido. Mientras la familia se acomodaba en las mesas, ellos se dirigieron a la barra y pidieron una botella de champagne. No pasaron desapercibidos. Nunca pasaban desapercibidos y menos vestidos con semejante atuendo. La imagen que daban era la de dos jóvenes apuestos bebiendo champagne. Muchos pensaron que eran dos corredores del Gran Prix.

Situación que José aprovechó, explicando a las personas con las que conversaban que él era el manager del Cholo, un importante piloto internacional de Fórmula Uno. La situación era graciosa y estaba controlada hasta que dos mujeres muy bellas se acercaron e iniciaron una conversación con ellos.
Con la cabeza gacha y sonriendo. Así volvieron el Cholo y José a la mesa, después de los gritos de Ana y Marcela.
Tuvieron que dejar la botella de champagne en la barra. Era lo que más lamentaban.
En Disney no dejaron de visitar ningún juego. Disfrutaron con la familia de todo. Terminaron agotados, pero felices.
Faltaba el crucero a las Bahamas. Una vez arriba del barco, los dos amigos se dieron cuenta que era el lugar ideal para ellos. Hablaban con todo el mundo. Estaban en su mejor momento. Pasaban tiempo en la cabina de mando junto al capitán. Les faltó conducir el barco. Casi lo logran.
Cuando se sentaron a cenar, en uno de los restaurantes, los miembros de la familia fueron eligiendo los platos que ofrecía la carta, mirando de reojo el precio, porque desconocían como era el servicio. No sabían que el costo del viaje que pagaron incluía las comidas gratis, todas las veces que quisieran. Solamente pagaban las bebidas.
A partir de ese momento y hasta que concluyó el crucero, José y el Cholo, que ya se habían hecho amigo del camarero, cada vez que se sentaban a comer, le pedían que traiga a la mesa la carta completa. Para acompañar esos platos deliciosos, elegían los mejores vinos que tenía la bodega del restaurante.
Todo el personal de a bordo ya los conocía. El sommelier les terminó regalando el decantador de cristal que utilizaba para servir el vino.

De regreso a Miami se dirigieron al Dolphin Mall a comprar ropa con toda la familia. Se separaron. Cada uno fue a buscar lo que necesitaba. El cholo y José iban juntos a todos lados. Al mediodía se encontraban en el patio de comidas para almorzar. Faltaban ellos. De lejos llamaban la atención. Imposible no reconocerlos. Aparecieron vestidos con pantalón a cuadros rojo y blanco, chaleco liso al tono, y remera blanca. Remataron el equipo con una gorra roja y zapatos deportivos blancos.
Eran dos caricaturas de jugadores golf. Así viajaron y así llegaron a Rosario. Intactos. Felices.
El Cholo y José. Una dupla imbatible.
 

Algo para contar
Una dupla imbatible

Le faltaba un socio. Un complemento. Su espontaneidad y sus continuas ocurrencias necesitaban un feedback. El Cholo sabía que si encontraba un compañero de ruta era imparable. José, unos años menor, no muchos; apareció en el momento indicado.

Los dos vivían en Fisherton. Llevaban una buena vida y compartían el mismo círculo social. Cuando estaban juntos no paraban. Se reían y hacían reír a todos. Transmitían una energía y una motivación difícil de superar. Todos querían estar con ellos. No solo los grandes, los más chicos también. El Cholo y José eran dos niños en cuerpo de adultos.
Disfrutaban a pleno la vida. Para ellos, todo era un gran juego y lo sabían jugar.
No existían los imposibles. Las únicas personas que les ponían un límite eran sus esposas. Esa línea no la cruzaban.
Juntos podían hacer lo que querían.
La casa del Cholo funcionaba como un club de familias amigas. Era el centro de las reuniones en el barrio. Siempre había gente.
Ese domingo, el Cholo prendió el fuego en la parrilla y se sentó a tomar un vermut con una picada que preparó José. No hablaban. Estaban leyendo el diario. Uno miraba el suplemento deportivo, el otro el cuerpo central de La Capital. En 1979, las hojas del diario tenían un tamaño muy grande. Los rostros y parte del cuerpo de ambos quedaban completamente tapados cuando las extendían. En un tono suave, el Cholo dijo, como haciéndose el distraído, – Y si nos vamos a Miami en familia –.
La respuesta fue inmediata.
El suplemento voló hacia un costado, José acercó su cara en dirección al Cholo, que también había tirado el diario, y le retrucó – Ah, pero metemos Disney y Bahamas -.

El Cholo para no ser menos, cerró diciendo – Entonces, nos vamos un mes. Si no, no me muevo de acá-
En medio del asado, comunicaron la novedad a la familia. A partir de ese momento, no se hablaba de otro tema. Los chicos estaban excitadísimos pensando en Disney. No lo podían creer.
El Cholo recientemente había cobrado un juicio millonario que arrastraba desde hacía años. La mayoría de las personas en su situación pensarían en la mejor manera de administrar esa cuantiosa suma de dinero, pero el Cholo no era cualquier persona. Era distinto. Era un bon vivant. El pensaba en cómo podía disfrutar los placeres de la vida con su familia y sus amigos. Su generosidad era extrema. No se caracterizaba por ser un buen administrador.
Planificaron el viaje. Como el Cholo primero pasaba unos días en Panamá para visitar a un familiar, quedaron en encontrarse en Miami.
El Aeropuerto Internacional de Miami todavía era conocido como Wilcox Field. A media mañana aterrizó el vuelo procedente de Panamá. Era la primera vez que el Cholo viajaba a Estados Unidos. No sabía hablar, ni entendía el idioma inglés. Ana, su mujer, lo hablaba muy bien y sus hijos también. El se comunicaba con su sonrisa. Siempre le dio resultado para atravesar todas las barreras que se le presentaron.
Le dijo a Ana que termine de hacer los papeles. El se quedaba solo esperando el equipaje. Lo que no sabía era que estaba parado en una zona prohibida. Puso su mejor sonrisa, cruzó sus manos detrás de la cintura y se inclinó un poco hacia adelante, mostrando respeto y caballerosidad; cuando se le acercó un policía diciéndole – ¡Get out- Get out, here! ¡Now!- , haciendo señas con su brazo derecho. Con el otro llevaba un handy a su boca para comunicarse con otros policías.
El Cholo, acompañando esa gestualidad, le respondía – Yessssssssssssss- . Era un “yes” pausado. Alargaba las eses, como en suspensión. Le salía un sonido liviano y extendido.
El “Get out, please” se repetía insistentemente; y el “yessssssssss” también; hasta que Ana observó lo que sucedía. Acudió en ayuda del Cholo, que seguía sonriendo levemente inclinado. Le explicó al oficial que hubo una confusión y que se retiraban del lugar. Así arrancó el Cholo.
El Fointanblue es uno de los hoteles icónicos de Miami. Allí lo esperaba José con su familia. En esa fecha se realizaba una de las muestras de embarcaciones de lujo más importante de Estados Unidos, en el canal Indian Creek Waterway, sobre la Avenida Collins; frente a la entrada del hotel. De un lado el mar, del otro la exposición de yates y veleros. No lo podían creer. El Cholo y José se fueron a caminar por la playa, mientras el resto de la familia subía a sus respectivas habitaciones.
Estaban inquietos, los dos pensaban lo mismo. Doblaron en dirección opuesta a la playa. Salieron del hotel, cruzaron la avenida y se fueron a recorrer la exposición. Se subieron a todos los yates que pudieron. Tomaron champagne y comieron los bocadillos que les ofrecían. Aparentaban ser dos poderosos empresarios del Sur convencidos de lo que querían.
No necesitaban hablar. Con la mirada era suficiente. Cuando lo descubrieron, no hizo falta nada más. Estaba todo dicho. El Cholo sacó su tarjeta de crédito y lo compraron. Estaban eufóricos. Entraron al hotel. Ana y Marcela los esperaban en el lobby con los chicos. Al unísono los dos, casi gritando, les dijeron a sus esposas que se habían comprado un velero.

Ana se puso seria, Marcela furiosa. – ¿Que hicieron, qué?- fue la respuesta de las dos. -Lo pagamos en cuotas- explicó José y agregó –en treinta años -. Viendo que el clima se ponía espeso, el Cholo quiso apagar el incendio y dio más detalles – lo trasladan hasta Panamá y de allí lo llevamos a Rosario- .
El grito de Ana hizo que todos se dieran vuelta. Su cara denotaba furia, a pesar que los chicos saltaban de alegría; aunque no sabían bien cómo era un velero.
Los dos empresarios de Sud América tuvieron que regresar a la feria y pedir que anulen la operación con todo lo que eso implicaba. Pero no se rindieron, compraron dos veleros inflables que podían utilizarlo en la playa mientras estaban allí. Algo tenían que comprar.
La estadía coincidía con un evento promocional de una carrera de Gran Prix de Fórmula Uno que se realizaría el mes entrante. La atracción principal de esa jornada era que se podían probar los autos de cada escudería en el circuito armado sobre la Avenida Collins. Como no podía ser de otra manera, el Cholo y José lo hicieron. Había que anotarse, participar de un sorteo y aplicar una serie de condiciones para poder conducir. Ellos, simplemente, convencieron a la persona responsable. Manejaron los vehículos de competición. Parecían dos chicos. Se compraron todo el merchandising para ellos y para sus hijos.
Salieron vestidos con las llamativas camperas del evento. Se sentaron en un bar my concurrido. Mientras la familia se acomodaba en las mesas, ellos se dirigieron a la barra y pidieron una botella de champagne. No pasaron desapercibidos. Nunca pasaban desapercibidos y menos vestidos con semejante atuendo. La imagen que daban era la de dos jóvenes apuestos bebiendo champagne. Muchos pensaron que eran dos corredores del Gran Prix.

Situación que José aprovechó, explicando a las personas con las que conversaban que él era el manager del Cholo, un importante piloto internacional de Fórmula Uno. La situación era graciosa y estaba controlada hasta que dos mujeres muy bellas se acercaron e iniciaron una conversación con ellos.
Con la cabeza gacha y sonriendo. Así volvieron el Cholo y José a la mesa, después de los gritos de Ana y Marcela.
Tuvieron que dejar la botella de champagne en la barra. Era lo que más lamentaban.
En Disney no dejaron de visitar ningún juego. Disfrutaron con la familia de todo. Terminaron agotados, pero felices.
Faltaba el crucero a las Bahamas. Una vez arriba del barco, los dos amigos se dieron cuenta que era el lugar ideal para ellos. Hablaban con todo el mundo. Estaban en su mejor momento. Pasaban tiempo en la cabina de mando junto al capitán. Les faltó conducir el barco. Casi lo logran.
Cuando se sentaron a cenar, en uno de los restaurantes, los miembros de la familia fueron eligiendo los platos que ofrecía la carta, mirando de reojo el precio, porque desconocían como era el servicio. No sabían que el costo del viaje que pagaron incluía las comidas gratis, todas las veces que quisieran. Solamente pagaban las bebidas.
A partir de ese momento y hasta que concluyó el crucero, José y el Cholo, que ya se habían hecho amigo del camarero, cada vez que se sentaban a comer, le pedían que traiga a la mesa la carta completa. Para acompañar esos platos deliciosos, elegían los mejores vinos que tenía la bodega del restaurante.
Todo el personal de a bordo ya los conocía. El sommelier les terminó regalando el decantador de cristal que utilizaba para servir el vino.

De regreso a Miami se dirigieron al Dolphin Mall a comprar ropa con toda la familia. Se separaron. Cada uno fue a buscar lo que necesitaba. El cholo y José iban juntos a todos lados. Al mediodía se encontraban en el patio de comidas para almorzar. Faltaban ellos. De lejos llamaban la atención. Imposible no reconocerlos. Aparecieron vestidos con pantalón a cuadros rojo y blanco, chaleco liso al tono, y remera blanca. Remataron el equipo con una gorra roja y zapatos deportivos blancos.
Eran dos caricaturas de jugadores golf. Así viajaron y así llegaron a Rosario. Intactos. Felices.
El Cholo y José. Una dupla imbatible.
 

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