Un puma suelto en el jardín

Bon vivant es una expresión francesa que significa “buena vida”. Es sinónimo de aquella persona que disfruta de los placeres de la vida. Aquél que vive y sabe vivir. Así era el Cholo.

 En 1979, el ritmo del barrio de Fisherton era marcado por la iglesia y la escuela que aglutinaba a la mayoría de las familias del lugar. Era un pueblo chico, donde todos se conocían. El Cholo rompía el molde de ese modelo conservador. Su conducta abierta, extrovertida, sin prejuicios, generaba cierta desconfianza entre algún sector pacato del lugar.
Obviamente, a él le importaba muy poco. Sobre un terreno de 1.500 metros cuadrados construyó la casa más moderna que se podía hacer en ese momento. Era distinta a todas. Rompía el molde. Se alejaba de las construcciones tradicionales y se acercaba al modernismo imperante en la arquitectura de principio de 1980. Como el Cholo, la casa no pasaba desapercibida para nadie. Era la protagonista del barrio.
Con una pileta de grandes dimensiones, 13 metros de largo por 6 metros de ancho, y un quincho adaptado para recibir gente; la casa del Cholo se transformó en una especie de club para el barrio. Todos eran bienvenidos.
Su familia, compuesta por su mujer y sus dos hijos pequeños, lo acompañaban. No especulaba con el dinero. Lo gastaba. Era generoso con sus amigos. Las reuniones en su jardín fueron constantes. No medía en gastos.
Trabajaba en la empresa familiar. Una importante procesadora de legumbres. El se encargaba de la comercialización.
Era muy bueno vendiendo y armando negocios, pero no tanto administrando. Viajaba mucho al norte para realizar las compras a granel en los establecimientos productores. También se dedicaba a buscar campos que tengan las condiciones necesarias para cosechar legumbres.
Casi siempre iba a Salta. Allí recibió el dato de una persona que poseía grandes extensiones de tierras en Santiago del Estero y que estaba dispuesto a vender una parte o bien escuchar la manera en la que se podía desarrollar el negocio de las legumbres con la empresa familiar del Cholo.
Para él todo era posible. Se contactó con el propietario del campo y se fue a Santiago del Estero. Allí, Don Acosta, lo esperaba con un rico asado. El Cholo se sentía cómodo. Era un ambiente que manejaba a la perfección. Luego del almuerzo, se prepararon para recorrer el campo. No se lo esperaba. No había tomado dimensión de la extensión de las tierras. Subió al helicóptero junto a Don Acosta y dos baqueanos; y fueron hasta el área que podía ser afectada a la cosecha de legumbres. El campo era infinito.
Bajaron. Comenzaron a caminar recorriendo la zona. El calor era insoportable. Descansaron y se refrescaron. El Cholo estaba tomando agua cuando escuchó unos ruidos acompañados inmediatamente de dos disparos.
Desde unos arbustos que estaban detrás de ellos saltó un puma para atacarlos. Uno de los baquianos venía retrasado porque había ido a buscar más agua al helicóptero. Su posición le permitió ver lo que pasaba y con su arma logró con dos disparos abatir al animal.
Si el baqueano no hubiese intervenido, tanto el Cholo como Don Acosta podían haber sido víctimas del ataque del puma. Estaban los dos de espaldas. Nunca se dieron cuenta de la embestida hasta que escucharon los disparos.

El Cholo no salía de su asombro. Estaban en una zona inhóspita. Muy alejada del casco del campo. No existía ninguna posibilidad de ser rescatado.
La suerte estuvo de su lado. A pesar del estado de sorpresa, el Cholo prestó atención a unos ruidos que escuchó. Detrás de él, en los arbustos, había movimientos. Fue caminando hacia el lugar, junto a los baqueanos que estaban armados. El ruido continuaba pero no aparecía nada. De repente, jugando con una ramita, de espaldas con las patitas hacia arriba, asomó un cachorrito de puma. Una ternura. El Cholo era un sensible que se manejaba por impulsos. El hacía las cosas, luego las pensaba. Se subió al helicóptero. Cerró el trato con Don Acosta.
Al otro día por la mañana, bien temprano, llegaron a Fisherton. Los dos. El Cholo y la cría de puma.
Ana y los chicos se pusieron contentos porque pensaban que el cachorro era un gatito. El único que estaba inquieto y no paraba de ladrarle, e incluso de llorar y aullar, era Tobías. El quinto integrante de la familia. Un cocker spaniel negro que pasaba más tiempo dentro de la casa que en el enorme jardín. Tobías hacía todo junto. Ladraba, aullaba, lloraba y corría. Nunca se había puesto así de inquieto. Era un perro muy tranquilo y amigable.
Clara entendió la actitud de Tobías cuando el Cholo les dijo que no era un gatito, si no que era un cachorro de puma. Los chicos saltaban de la felicidad. Tenían un puma en el jardín. A esa edad no dimensionaban lo que significaba convivir con un animal salvaje en el jardín.
La noticia voló. Todos en Fisherton se enteraron que el Cholo tenía un puma en la casa. La gente se acercaba a conocer al animal. Esto terminó de agrandar la fama del Cholo en el barrio y distanciarlo de los más conservadores que criticaban sus excentricidades.

En Rosario solamente existía una persona que poseía un puma en su domicilio. Era un médico veterinario que tenía la autorización para la tenencia del animal en su casa. Lo fueron a ver. Les recomendó que acostumbren al cachorro a comer alimentos cocidos para sacarle el instinto de comer carne cruda. También les dijo que con paciencia y con unos guantes duros, de descarne, como los que usan los albañiles en las obras, le hagan caricias. De a poco, debían acostumbrarlo a que reciba mimos. Era la manera de domesticarlo.
Mientras durara el proceso de adiestramiento del cachorro lo ataron en una zona del jardín, alejada del contacto de la gente. Al principio todo era normal, pero el Cholo viajaba mucho por el trabajo y tenía una agitada vida social. No era posible dedicarle tiempo al nuevo integrante de la familia. Ana no se animaba a hacerlo y los chicos debían asistir al colegio.
Pasado el mediodía, los dos hermanos volvían caminando de la escuela. El plan de esa tarde era pasar el resto del día con la cría de puma. Tenían tiempo libre. Habían esperado toda la semana para poder hacerlo. Le dieron un beso a Ana y saludaron a Tobías que dormía sobre una alfombra tomando sol, pero del lado de adentro de la casa. Desde que estaba el puma casi no salía.
Eran las 15.00. Pasó lo inesperado. Lo primero que se les vino a la mente fue la cantidad de niños que podían haber sido devorados por el puma del Cholo. Se había escapado. No sabían qué hacer, ni cómo buscarlo. Ya no era un tierno cachorrito.
En medio de la desesperación, Ana no podía localizar al Cholo. Pasaba el tiempo. Los chicos se quedaron parados en la vereda. No querían entrar. El único que había quedado dentro de la casa era Tobías que seguía despatarrado al sol. Tuvo que frenar de golpe. Sus hijos se tiraron arriba del auto. El Cholo no entendía nada. Le contaron lo sucedido.
Sin inmutarse, se bajó tranquilamente del vehículo y fue caminando con total normalidad hacia la casa. Abrió la puerta. –Vamos Tobi- dijo. –El Cocker salió corriendo al jardín. –Busque, busque- le gritó el Cholo.
Tobías se agazapó, llevó las orejas hacia atrás, flexionó sus patas y comenzó una carrera alocada buscando en todos los rincones del enorme jardín. De repente, su efusiva corrida quedó en pausa cuando se metió dentro de unas plantas grandes y tupidas. Salió despedido hacia atrás. Por suerte, el zarpazo del puma no lo lastimó. Solo lo golpeó. En un movimiento rápido el Cholo capturó al animal. Lo metió dentro del baño del quincho.
No era un animal doméstico para estar en una casa residencial. Las gestiones del Cholo dieron resultado. Al otro día, trasladó al puma al campo de un amigo. Allí iba a estar mejor que en su casa.
Sucedió algo que no tenía que haber sucedido. Pero la lógica del Cholo era distinta a la de todos. Para él fue algo normal llevar de regalo a sus hijos un cachorro de puma para que jueguen en el jardín.
El único que se opuso fue Tobías. El más lógico de la familia en ese momento.

Algo para contar
Un puma suelto en el jardín

Bon vivant es una expresión francesa que significa “buena vida”. Es sinónimo de aquella persona que disfruta de los placeres de la vida. Aquél que vive y sabe vivir. Así era el Cholo.

 En 1979, el ritmo del barrio de Fisherton era marcado por la iglesia y la escuela que aglutinaba a la mayoría de las familias del lugar. Era un pueblo chico, donde todos se conocían. El Cholo rompía el molde de ese modelo conservador. Su conducta abierta, extrovertida, sin prejuicios, generaba cierta desconfianza entre algún sector pacato del lugar.
Obviamente, a él le importaba muy poco. Sobre un terreno de 1.500 metros cuadrados construyó la casa más moderna que se podía hacer en ese momento. Era distinta a todas. Rompía el molde. Se alejaba de las construcciones tradicionales y se acercaba al modernismo imperante en la arquitectura de principio de 1980. Como el Cholo, la casa no pasaba desapercibida para nadie. Era la protagonista del barrio.
Con una pileta de grandes dimensiones, 13 metros de largo por 6 metros de ancho, y un quincho adaptado para recibir gente; la casa del Cholo se transformó en una especie de club para el barrio. Todos eran bienvenidos.
Su familia, compuesta por su mujer y sus dos hijos pequeños, lo acompañaban. No especulaba con el dinero. Lo gastaba. Era generoso con sus amigos. Las reuniones en su jardín fueron constantes. No medía en gastos.
Trabajaba en la empresa familiar. Una importante procesadora de legumbres. El se encargaba de la comercialización.
Era muy bueno vendiendo y armando negocios, pero no tanto administrando. Viajaba mucho al norte para realizar las compras a granel en los establecimientos productores. También se dedicaba a buscar campos que tengan las condiciones necesarias para cosechar legumbres.
Casi siempre iba a Salta. Allí recibió el dato de una persona que poseía grandes extensiones de tierras en Santiago del Estero y que estaba dispuesto a vender una parte o bien escuchar la manera en la que se podía desarrollar el negocio de las legumbres con la empresa familiar del Cholo.
Para él todo era posible. Se contactó con el propietario del campo y se fue a Santiago del Estero. Allí, Don Acosta, lo esperaba con un rico asado. El Cholo se sentía cómodo. Era un ambiente que manejaba a la perfección. Luego del almuerzo, se prepararon para recorrer el campo. No se lo esperaba. No había tomado dimensión de la extensión de las tierras. Subió al helicóptero junto a Don Acosta y dos baqueanos; y fueron hasta el área que podía ser afectada a la cosecha de legumbres. El campo era infinito.
Bajaron. Comenzaron a caminar recorriendo la zona. El calor era insoportable. Descansaron y se refrescaron. El Cholo estaba tomando agua cuando escuchó unos ruidos acompañados inmediatamente de dos disparos.
Desde unos arbustos que estaban detrás de ellos saltó un puma para atacarlos. Uno de los baquianos venía retrasado porque había ido a buscar más agua al helicóptero. Su posición le permitió ver lo que pasaba y con su arma logró con dos disparos abatir al animal.
Si el baqueano no hubiese intervenido, tanto el Cholo como Don Acosta podían haber sido víctimas del ataque del puma. Estaban los dos de espaldas. Nunca se dieron cuenta de la embestida hasta que escucharon los disparos.

El Cholo no salía de su asombro. Estaban en una zona inhóspita. Muy alejada del casco del campo. No existía ninguna posibilidad de ser rescatado.
La suerte estuvo de su lado. A pesar del estado de sorpresa, el Cholo prestó atención a unos ruidos que escuchó. Detrás de él, en los arbustos, había movimientos. Fue caminando hacia el lugar, junto a los baqueanos que estaban armados. El ruido continuaba pero no aparecía nada. De repente, jugando con una ramita, de espaldas con las patitas hacia arriba, asomó un cachorrito de puma. Una ternura. El Cholo era un sensible que se manejaba por impulsos. El hacía las cosas, luego las pensaba. Se subió al helicóptero. Cerró el trato con Don Acosta.
Al otro día por la mañana, bien temprano, llegaron a Fisherton. Los dos. El Cholo y la cría de puma.
Ana y los chicos se pusieron contentos porque pensaban que el cachorro era un gatito. El único que estaba inquieto y no paraba de ladrarle, e incluso de llorar y aullar, era Tobías. El quinto integrante de la familia. Un cocker spaniel negro que pasaba más tiempo dentro de la casa que en el enorme jardín. Tobías hacía todo junto. Ladraba, aullaba, lloraba y corría. Nunca se había puesto así de inquieto. Era un perro muy tranquilo y amigable.
Clara entendió la actitud de Tobías cuando el Cholo les dijo que no era un gatito, si no que era un cachorro de puma. Los chicos saltaban de la felicidad. Tenían un puma en el jardín. A esa edad no dimensionaban lo que significaba convivir con un animal salvaje en el jardín.
La noticia voló. Todos en Fisherton se enteraron que el Cholo tenía un puma en la casa. La gente se acercaba a conocer al animal. Esto terminó de agrandar la fama del Cholo en el barrio y distanciarlo de los más conservadores que criticaban sus excentricidades.

En Rosario solamente existía una persona que poseía un puma en su domicilio. Era un médico veterinario que tenía la autorización para la tenencia del animal en su casa. Lo fueron a ver. Les recomendó que acostumbren al cachorro a comer alimentos cocidos para sacarle el instinto de comer carne cruda. También les dijo que con paciencia y con unos guantes duros, de descarne, como los que usan los albañiles en las obras, le hagan caricias. De a poco, debían acostumbrarlo a que reciba mimos. Era la manera de domesticarlo.
Mientras durara el proceso de adiestramiento del cachorro lo ataron en una zona del jardín, alejada del contacto de la gente. Al principio todo era normal, pero el Cholo viajaba mucho por el trabajo y tenía una agitada vida social. No era posible dedicarle tiempo al nuevo integrante de la familia. Ana no se animaba a hacerlo y los chicos debían asistir al colegio.
Pasado el mediodía, los dos hermanos volvían caminando de la escuela. El plan de esa tarde era pasar el resto del día con la cría de puma. Tenían tiempo libre. Habían esperado toda la semana para poder hacerlo. Le dieron un beso a Ana y saludaron a Tobías que dormía sobre una alfombra tomando sol, pero del lado de adentro de la casa. Desde que estaba el puma casi no salía.
Eran las 15.00. Pasó lo inesperado. Lo primero que se les vino a la mente fue la cantidad de niños que podían haber sido devorados por el puma del Cholo. Se había escapado. No sabían qué hacer, ni cómo buscarlo. Ya no era un tierno cachorrito.
En medio de la desesperación, Ana no podía localizar al Cholo. Pasaba el tiempo. Los chicos se quedaron parados en la vereda. No querían entrar. El único que había quedado dentro de la casa era Tobías que seguía despatarrado al sol. Tuvo que frenar de golpe. Sus hijos se tiraron arriba del auto. El Cholo no entendía nada. Le contaron lo sucedido.
Sin inmutarse, se bajó tranquilamente del vehículo y fue caminando con total normalidad hacia la casa. Abrió la puerta. –Vamos Tobi- dijo. –El Cocker salió corriendo al jardín. –Busque, busque- le gritó el Cholo.
Tobías se agazapó, llevó las orejas hacia atrás, flexionó sus patas y comenzó una carrera alocada buscando en todos los rincones del enorme jardín. De repente, su efusiva corrida quedó en pausa cuando se metió dentro de unas plantas grandes y tupidas. Salió despedido hacia atrás. Por suerte, el zarpazo del puma no lo lastimó. Solo lo golpeó. En un movimiento rápido el Cholo capturó al animal. Lo metió dentro del baño del quincho.
No era un animal doméstico para estar en una casa residencial. Las gestiones del Cholo dieron resultado. Al otro día, trasladó al puma al campo de un amigo. Allí iba a estar mejor que en su casa.
Sucedió algo que no tenía que haber sucedido. Pero la lógica del Cholo era distinta a la de todos. Para él fue algo normal llevar de regalo a sus hijos un cachorro de puma para que jueguen en el jardín.
El único que se opuso fue Tobías. El más lógico de la familia en ese momento.

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