Sin celular, sin GPS

En 1988 no existía la telefonía celular, ni el GPS, ni internet. Las comunicaciones se realizaban desde teléfonos fijos y teléfonos públicos. La correspondencia era posible a través de cartas enviadas por el sistema tradicional del correo.

El mundo era sensiblemente diferente a como lo conocemos en la actualidad. En este contexto, una agenda con teléfonos y direcciones, o una indicación guardada en un cuaderno de viajes resultaba indispensable para trasladarse de un lugar a otro. Esa libreta y un mapa en una travesía marcaban la diferencia entre pasarla bien o pasarla mal.

 

Los ingresos a las grandes ciudades, si no eran advertidos, se convertían en un gran problema. Resultaba fundamental conducir acompañado de una persona que atienda las indicaciones para no equivocarse. Doblar en un acceso incorrecto podía producir un desvío de 20 o 50 kilómetros del lugar al que se quería arribar. Había que estar muy atento. Las distracciones se pagaban caras.

 

Líneas Aéreas Paraguayas ofrecía el pasaje más económico del mercado para viajar a Europa. El vuelo salía desde Ezeiza. En Asunción cambiaba el avión hasta llegar a Zaire, donde se abastecía de gasolina, para llegar finalmente a Madrid.

Evaristo tenía la fantasía de poder recorrer Europa. Su hermano, el Enano Anderson, en 1984 estuvo más de un año y medio instalado en Barcelona. El tema de conversación con sus amigos siempre era el mismo. En ese momento, para los jóvenes de un promedio de edad cercano a los 25 años, viajar era el único objetivo de sus vidas.

 

Enrique, Cristian y Evaristo abordaron el avión el 16 de julio de 1988. Unos días antes del inicio de la temporada alta. Hicieron base en Barcelona donde cada uno de ellos paró en casa de amigos. Allí fueron recabando información para la planificación del viaje. El objetivo era comprar un auto y recorrer el sur de Europa hasta llegar a Mykonos, en las islas griegas, sobre el Mar Egeo. Sabían que lo indicado era trasladarse a Andorra, pegado a la frontera con España, porque es un país libre de impuestos donde todo resulta, aún hoy, más barato. Por 500 dólares, compraron un Fiat 147. Agregaron una carpa, por las dudas, y muchos mapas.

 

Evaristo llevaba una pequeña y práctica agenda rectangular que podía entrar en el bolsillo de un jean o una campera. Allí guardaba las direcciones y números de teléfonos de sus amigos que desde hacía tiempo estaban instalados en distintos países y les iban a brindar alojamiento. También, contaba con las reseñas y recomendaciones de hoteles y albergues donde pararían. Anotaciones de rutas, desvíos, atajos y todo tipo de detalle indispensable para el viaje Además, llevaba el resto de los datos de amigos y familiares en Argentina. Los números de cuenta y banco ante una urgencia, junto a una breve descripción y recomendación sobre los lugares que visitarían.

 


Esta agenda era tan o más importante que un pasaporte. Hoy en día, sería similar a llevar encima un Smartphone lleno de datos personales.

 

Llegaron a Bríndisi, en el sur de Italia. A la medianoche partieron en un ferry que los llevaría, tras 8 horas de viaje, al puerto de El Pireo, en Atenas. En la bodega del barco dejaron el Fiat y los tres pasaron la noche en la cubierta. Compartieron el viaje con un grupo de italianos, una pareja de brasileros y dos amigas irlandesas. Al llegar a Grecia, el plan era dejar el auto en el puerto y seguir el viaje a Mykonos, luego de recorrer durante un día o dos la ciudad de Atenas.

 

Durante el día, caminaron todos juntos por la capital griega. Pasaron la noche en una bella playa de la costa central. Aldair y Pamela, la pareja de brasileros, se fueron a dormir a un Hostel porque salían muy temprano hacia Santorini. Se despidieron. Por la mañana, irían a conocer el Partenón y después del mediodía partirían para Mykonos. Al amanecer, el sol les impidió seguir durmiendo. Tomaron una ducha en los baños públicos y se prepararon para comenzar el día como lo habían planificado. El desconcierto de Evaristo fue absoluto. Sufrió un golpe durísimo. Descubrió que no tenía su agenda. No la encontraba. No tenía presente en qué momento la utilizó. Hizo memoria. Recordó que la había sacado para darle una dirección a Aldair, pero no recordaba nada más.

 

No la encontró. Debían continuar. Evaristo no podía dejar de castigarse por haber perdido la agenda. Tenía que pensar como podía reconstruir los datos. Su viaje, luego de las islas griegas, continuaba en Israel. Visitaba a un amigo que lo esperaba. Sin la agenda, no sabía cómo llegar. Tampoco se imaginaba cómo preparar el resto del viaje. Una simple libreta se transformó en un problema mayúsculo. Evaristo no podía disfrutar de nada. Estaba de muy mal humor. Cambiaba todo. Tenía que empezar de cero. Debía adaptarse a esta realidad. Estaba en Atenas. No estaba en Rosario.

 

Los tres amigos, junto a los italianos, se trasladaron en un transporte público a las ruinas del Partenón. El viaje era magnífico. El lugar, majestuoso.

 

Iniciaron el ascenso a las ruinas de la Acrópolis. La cuna de la civilización europea. Un escenario impactante. A Evaristo le costaba meterse y disfrutar lo que estaba viviendo. El lugar, su historia, el nacimiento de la democracia, lo había estudiado en la Facultad. Era historia viva. Imposible no sensibilizarse ante tan imponente panorama. Pero, Evaristo no podía. Continuaba angustiado. Sus amigos no lograban levantarle el ánimo. Estaba quebrado. Necesitaba tiempo.

 

Seguía al grupo. Subía al Partenón con la cabeza en otro lado. Estaba muy apesadumbrado, pensando cómo resolver el viaje. El destino a veces te sorprende. Te premia o te da revancha.

 

Los gritos desordenados y las risas se escuchaban desde lejos. Evaristo levantó la cabeza. En la cima se encontraban Aldair y Pamela gritando, haciendo gestos. Levantaban los brazos y mostraban algo que tenían en la mano. Era la agenda.

 

A Evaristo le volvió el alma al cuerpo. Le cambió la cara. Le cambio todo. Se fundió en un interminable abrazo con Aldair. Ninguno podía creer la tremenda coincidencia de ese encuentro. Se habían despedido la noche anterior. Los brasileros partían temprano para Santorini y, los chicos, pasado el mediodía, salían para Mykonos.

 

No había ninguna posibilidad que se encuentren. No existían direcciones, ni posibilidad de comunicarse. El destino hizo que se posponga para la tarde el viaje de Aldair y Pamela. Como les quedaba tiempo, decidieron conocer el Partenón. No sabían que Evaristo, Enrique y Cristian también irían al mismo lugar. ¿Coincidencia? ¿Destino? Realmente, es muy difícil que este tipo de situaciones sucedan. Pero, a veces pasa; como en este caso. No es común que se pierdan y se vuelvan a encontrar en Atenas un grupo de amigos, de distintas nacionalidades que se habían conocido el día anterior, sin ningún tipo de vínculo y comunicación entre sí.

 

Fue así. No hay mucho más que explicar. Las cosas ocurrieron de esa manera. Evaristo y sus amigos continuaron el viaje. Llegaron a Mykonos. Luego Evaristo visitó Israel. En Milán se encontraron todos nuevamente.

 

Cuando uno menos lo espera, a veces, las cosas suceden y se producen estas fantásticas coincidencias. Una historia con final feliz.  

Algo para contar
Sin celular, sin GPS

En 1988 no existía la telefonía celular, ni el GPS, ni internet. Las comunicaciones se realizaban desde teléfonos fijos y teléfonos públicos. La correspondencia era posible a través de cartas enviadas por el sistema tradicional del correo.

El mundo era sensiblemente diferente a como lo conocemos en la actualidad. En este contexto, una agenda con teléfonos y direcciones, o una indicación guardada en un cuaderno de viajes resultaba indispensable para trasladarse de un lugar a otro. Esa libreta y un mapa en una travesía marcaban la diferencia entre pasarla bien o pasarla mal.

 

Los ingresos a las grandes ciudades, si no eran advertidos, se convertían en un gran problema. Resultaba fundamental conducir acompañado de una persona que atienda las indicaciones para no equivocarse. Doblar en un acceso incorrecto podía producir un desvío de 20 o 50 kilómetros del lugar al que se quería arribar. Había que estar muy atento. Las distracciones se pagaban caras.

 

Líneas Aéreas Paraguayas ofrecía el pasaje más económico del mercado para viajar a Europa. El vuelo salía desde Ezeiza. En Asunción cambiaba el avión hasta llegar a Zaire, donde se abastecía de gasolina, para llegar finalmente a Madrid.

Evaristo tenía la fantasía de poder recorrer Europa. Su hermano, el Enano Anderson, en 1984 estuvo más de un año y medio instalado en Barcelona. El tema de conversación con sus amigos siempre era el mismo. En ese momento, para los jóvenes de un promedio de edad cercano a los 25 años, viajar era el único objetivo de sus vidas.

 

Enrique, Cristian y Evaristo abordaron el avión el 16 de julio de 1988. Unos días antes del inicio de la temporada alta. Hicieron base en Barcelona donde cada uno de ellos paró en casa de amigos. Allí fueron recabando información para la planificación del viaje. El objetivo era comprar un auto y recorrer el sur de Europa hasta llegar a Mykonos, en las islas griegas, sobre el Mar Egeo. Sabían que lo indicado era trasladarse a Andorra, pegado a la frontera con España, porque es un país libre de impuestos donde todo resulta, aún hoy, más barato. Por 500 dólares, compraron un Fiat 147. Agregaron una carpa, por las dudas, y muchos mapas.

 

Evaristo llevaba una pequeña y práctica agenda rectangular que podía entrar en el bolsillo de un jean o una campera. Allí guardaba las direcciones y números de teléfonos de sus amigos que desde hacía tiempo estaban instalados en distintos países y les iban a brindar alojamiento. También, contaba con las reseñas y recomendaciones de hoteles y albergues donde pararían. Anotaciones de rutas, desvíos, atajos y todo tipo de detalle indispensable para el viaje Además, llevaba el resto de los datos de amigos y familiares en Argentina. Los números de cuenta y banco ante una urgencia, junto a una breve descripción y recomendación sobre los lugares que visitarían.

 


Esta agenda era tan o más importante que un pasaporte. Hoy en día, sería similar a llevar encima un Smartphone lleno de datos personales.

 

Llegaron a Bríndisi, en el sur de Italia. A la medianoche partieron en un ferry que los llevaría, tras 8 horas de viaje, al puerto de El Pireo, en Atenas. En la bodega del barco dejaron el Fiat y los tres pasaron la noche en la cubierta. Compartieron el viaje con un grupo de italianos, una pareja de brasileros y dos amigas irlandesas. Al llegar a Grecia, el plan era dejar el auto en el puerto y seguir el viaje a Mykonos, luego de recorrer durante un día o dos la ciudad de Atenas.

 

Durante el día, caminaron todos juntos por la capital griega. Pasaron la noche en una bella playa de la costa central. Aldair y Pamela, la pareja de brasileros, se fueron a dormir a un Hostel porque salían muy temprano hacia Santorini. Se despidieron. Por la mañana, irían a conocer el Partenón y después del mediodía partirían para Mykonos. Al amanecer, el sol les impidió seguir durmiendo. Tomaron una ducha en los baños públicos y se prepararon para comenzar el día como lo habían planificado. El desconcierto de Evaristo fue absoluto. Sufrió un golpe durísimo. Descubrió que no tenía su agenda. No la encontraba. No tenía presente en qué momento la utilizó. Hizo memoria. Recordó que la había sacado para darle una dirección a Aldair, pero no recordaba nada más.

 

No la encontró. Debían continuar. Evaristo no podía dejar de castigarse por haber perdido la agenda. Tenía que pensar como podía reconstruir los datos. Su viaje, luego de las islas griegas, continuaba en Israel. Visitaba a un amigo que lo esperaba. Sin la agenda, no sabía cómo llegar. Tampoco se imaginaba cómo preparar el resto del viaje. Una simple libreta se transformó en un problema mayúsculo. Evaristo no podía disfrutar de nada. Estaba de muy mal humor. Cambiaba todo. Tenía que empezar de cero. Debía adaptarse a esta realidad. Estaba en Atenas. No estaba en Rosario.

 

Los tres amigos, junto a los italianos, se trasladaron en un transporte público a las ruinas del Partenón. El viaje era magnífico. El lugar, majestuoso.

 

Iniciaron el ascenso a las ruinas de la Acrópolis. La cuna de la civilización europea. Un escenario impactante. A Evaristo le costaba meterse y disfrutar lo que estaba viviendo. El lugar, su historia, el nacimiento de la democracia, lo había estudiado en la Facultad. Era historia viva. Imposible no sensibilizarse ante tan imponente panorama. Pero, Evaristo no podía. Continuaba angustiado. Sus amigos no lograban levantarle el ánimo. Estaba quebrado. Necesitaba tiempo.

 

Seguía al grupo. Subía al Partenón con la cabeza en otro lado. Estaba muy apesadumbrado, pensando cómo resolver el viaje. El destino a veces te sorprende. Te premia o te da revancha.

 

Los gritos desordenados y las risas se escuchaban desde lejos. Evaristo levantó la cabeza. En la cima se encontraban Aldair y Pamela gritando, haciendo gestos. Levantaban los brazos y mostraban algo que tenían en la mano. Era la agenda.

 

A Evaristo le volvió el alma al cuerpo. Le cambió la cara. Le cambio todo. Se fundió en un interminable abrazo con Aldair. Ninguno podía creer la tremenda coincidencia de ese encuentro. Se habían despedido la noche anterior. Los brasileros partían temprano para Santorini y, los chicos, pasado el mediodía, salían para Mykonos.

 

No había ninguna posibilidad que se encuentren. No existían direcciones, ni posibilidad de comunicarse. El destino hizo que se posponga para la tarde el viaje de Aldair y Pamela. Como les quedaba tiempo, decidieron conocer el Partenón. No sabían que Evaristo, Enrique y Cristian también irían al mismo lugar. ¿Coincidencia? ¿Destino? Realmente, es muy difícil que este tipo de situaciones sucedan. Pero, a veces pasa; como en este caso. No es común que se pierdan y se vuelvan a encontrar en Atenas un grupo de amigos, de distintas nacionalidades que se habían conocido el día anterior, sin ningún tipo de vínculo y comunicación entre sí.

 

Fue así. No hay mucho más que explicar. Las cosas ocurrieron de esa manera. Evaristo y sus amigos continuaron el viaje. Llegaron a Mykonos. Luego Evaristo visitó Israel. En Milán se encontraron todos nuevamente.

 

Cuando uno menos lo espera, a veces, las cosas suceden y se producen estas fantásticas coincidencias. Una historia con final feliz.  

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