Rotura de potencia

Erwing tenía algunas particularidades que lo hacían sobresalir del resto. Además de constancia, voluntad y carácter contaba con la predisposición genética de su cuerpo sobre la que edificó su carrera deportiva.

El Mundial de Corea del Norte estaba próximo. A pesar de su edad, 37 años, logró clasificarse para integrar la Selección Argentina de Tae Kwon Do y representar al país en la competencia de combate, categoría pesados. Estaba viejo y un poco lento para un torneo de tal magnitud en la que se enfrentaban los mejores atletas del mundo, pero disponía de un arma invisible. Su hermano Hipólito.
Hacía poco tiempo que Hipólito se había retirado de las competiciones internacionales. Disponía de una contextura física imponente. Sobresalía por su altura. Atropellaba lo que se le ponía adelante. Así fue cuando competía y así era como coach. Nadie quería estar cuando asistía a un competidor. Era capaz de interrumpir una pelea. Encarar a los jueces de mala manera. Avanzaba sobre todo. Le temían.
Erwing suplía lo que había perdido con la presencia avasallante de Hipólito en el tatami como su coach.
La preparación física y técnica para llegar bien al mundial era extrema. En los entrenamientos se fueron conociendo los integrantes del seleccionado. Argentina presentaba competidores en las especialidades de Formas, Combate y Rotura de Potencia.
El seleccionado contaba con buenos atletas, casi siempre conquistaban algunas medallas, pero nunca obtuvieron un logro en rotura de potencia. Los deportistas que participaban de esta especialidad eran aquellos considerados los “menos técnicos”.

Quienes tenían mayor posibilidad de lograr una buena actuación en rotura de potencia eran la Roca Toledo y el Tanque Borracetti. Los apodos hacían alusión a las características físicas de estos competidores.
En el campeonato local, la Roca y el Tanque siempre salían primeros o segundos indistintamente. Dominaban el torneo desde hacía varios años. El resto de los competidores quedaban lejos en el puntaje final.
A pesar que se conocían, no eran amigos. Ni siquiera se saludaban. La competencia entre ellos era feroz.
La Roca era de Quilmes. El Tanque de Campana.
Los dos fueron elegidos para representar al país. Formaban parte de la Selección Argentina. El máximo logro que un deportista puede soñar.
La idea fue de Erwing.
Los coordinadores del equipo argentino estaban preocupados por el enfrentamiento reinante entre ellos. Esta situación podía influir negativamente en el espíritu del grupo y en la solidaridad del equipo que se necesita para enfrentar un campeonato mundial; y compartir tantos días alejado del país, de la familia y de los amigos.
Erwing con la practicidad y simpleza que lo caracteriza dijo – La solución es simple. Tienen que dormir juntos-
-Mi hermano y yo nos hacemos cargo – señaló.
La palabra de Erwing era escuchada y respetada. Además de la edad y la experiencia, era uno de los deportistas con más años de práctica y enseñanza del deporte.
A Hipólito también lo respetaban, por las dudas. No era tanto por sus logros deportivos, que fueron muchos, sino por la fiereza de su comportamiento. Le tenían un poco de miedo.
Cuando un grupo de personas que no se conocen comparten un viaje de muchos días, se genera un vínculo importante entre ellos. De mucha intimidad. Afloran rasgos de la personalidad de cada uno desconocidos, como sucedió en Corea del Norte.
La condición física de Toledo y su especialidad en rotura de potencia no coincidía con su inclinación a la lectura y al canto. La Roca era un intelectual y además, se dedicaba al estudio y práctica del canto gregoriano. Nadie lo sabía.
Borracetti tenía un pasado oscuro. Se equivocó en un momento de su vida y lo pagó con la cárcel. Pasó menos de un año encerrado. Tampoco, nadie lo sabía.
La habitación de ellos se encontraba junto al dormitorio de Erwing e Hipólito.
La primera noche, el ruido lo sobresaltó. No entendía qué sucedía. Era un sonido agudo, continuo, penetrante, y fuerte. Se levantó de la cama furioso. Erwing también se despertó. Miraron la hora, 4.00 de la mañana.
-Qué carajo es ese ruido- dijo en voz alta Hipólito.
-¿Están cantando? – preguntó Erwing. – ¿Pero quién carajo es el pelotudo que canta a esta hora? Gritó enojado.
Siguieron el sonido. Salieron de la habitación. El pasillo que comunicaba los cuartos estaba vacío. Se miraron los dos hermanos y avanzaron decididos hacia el dormitorio de la Roca y el Tanque. Abrieron la puerta, de mal modo, sin avisar. Las únicas personas capaces de enfrentar, de esa manera, a Toledo y Borracetti eran Hipólito y Erwing.
La Roca estaba arrodillado cantando frente a la ventana, de espalda a la puerta de ingreso. El Tanque le cebaba mate, y les hacía seña a los hermanos de que hagan silencio.
Amaneció y aún continuaban hablando los cuatro. Así se enteraron que Toledo se dedicaba al canto gregoriano y al estudio de los clásicos de la literatura universal. El pasado oscuro del Tanque también se reveló en esa charla. Lo más curioso era la manera en que se alejó de las malas compañías. El Tanque había encontrado un método. Se levantaba todos los días del año a las 5 de la mañana y recorría 220 kilómetros en bicicleta. Circundaba toda la Ciudad de Buenos Aires.
Cada madrugada iniciaba el mismo trayecto. Solo lo interrumpía si llovía. Luego, trabajaba en algún empleo eventual y cuando terminaba se dirigía al gimnasio a entrenar tae kwon do. A pesar que su aspecto físico indicaba otra cosa, era un alma sensible. Buscaba la manera de estar ocupado. Intentaba encontrar un rumbo en su vida. La Roca lo inició en el mundo de la lectura. Estaba feliz.
Hipólito y Erwing negociaron con ellos. A cambio de mantener discreción con lo conversado, lograron que Toledo y Borracetti arranquen con el canto gregoriano a las 6 de la mañana. Pero, además, Hipólito debería ser el coach de los dos en la competencia. Lo querían tener cerca. Con él se sentían seguros.
Erwing avanzó hasta los cuatro de final. Un tremendo logro para un deportista de 37 años. Existían competidores de esa edad en formas o en rotura de potencia pero no en combate. Hipólito fue fundamental en la performance de Erwing. Interrumpió varias peleas. Se metía en el tatami. Empujaba a los jueces, a los competidores. De esa manera ganaba tiempo y le permitía a Erwing recuperarse y tomar aire.
La Roca y el Tanque se paraban detrás de Hipólito en el rincón. La presencia de los tres juntos impartía respeto. En una pela, Erwing competía contra un noruego que era el candidato a la medalla. Estaba siempre acompañado por toda la delegación de su país, comandada por un rubio gigante.
Hipólito lo miró mal al grandote que saltaba y gritaba haciendo gestos de aliento. Se enojó. Se paró frente a él. En un movimiento sorpresivo y rápido extendió su mano. La frenó en seco frente a la cara del nórdico, con dos dedos le retorció la nariz y no se la soltó. Mantenía la presión. Pasó un tiempo dándole instrucciones a Erwing con la nariz del noruego entre sus manos y la cara haciendo muecas de dolor. Boqueaba. Le costaba respirar. No gritó más.
Erwing ganó por puntos. Costó, pero pasó la ronda.
La Roca y el Tanque no se separaban de los hermanos. Los cuatro andaban siempre juntos. Toledo alentaba a Borracetti para que rehaga su vida. De noche le leía textos de Shakespeare. El tanque cebaba mate.
Las tablas de madera estallaban en el aire. Se desasían. No importaba lo que le ponían adelante. Las destrozaba en mil pedazos. Avanzaba. La Roca superaba todos los obstáculos.
Se sentía seguro. La presencia de Hipólito y el apoyo del Tanque generaban en él un estado de ánimo superior. Se creía invencible.
En cada presentación la Roca sorprendía con su fiereza. Se concentraba, miraba el objetivo y pateaba con el alma y con lo que no tenía. No tuvo competencia. Llegó hasta el último día avanzando contra todos los pronósticos. Era un desconocido. Pulverizó todo lo que le pusieron.
La Roca se trajo la medalla. Salió campeón mundial en rotura de potencia. Sin esa unión, sin ese compañerismo de los cuatro, que apareció en la convivencia del viaje, difícilmente Toledo hubiese conseguido el trofeo. La influencia de Hipólito y Erwing, y la amistad del Tanque le dieron un plus mental a la Roca que le permitió triunfar.
El deporte elimina las barreras entre las personas.
Las une. El arte también.  

Algo para contar
Rotura de potencia

Erwing tenía algunas particularidades que lo hacían sobresalir del resto. Además de constancia, voluntad y carácter contaba con la predisposición genética de su cuerpo sobre la que edificó su carrera deportiva.

El Mundial de Corea del Norte estaba próximo. A pesar de su edad, 37 años, logró clasificarse para integrar la Selección Argentina de Tae Kwon Do y representar al país en la competencia de combate, categoría pesados. Estaba viejo y un poco lento para un torneo de tal magnitud en la que se enfrentaban los mejores atletas del mundo, pero disponía de un arma invisible. Su hermano Hipólito.
Hacía poco tiempo que Hipólito se había retirado de las competiciones internacionales. Disponía de una contextura física imponente. Sobresalía por su altura. Atropellaba lo que se le ponía adelante. Así fue cuando competía y así era como coach. Nadie quería estar cuando asistía a un competidor. Era capaz de interrumpir una pelea. Encarar a los jueces de mala manera. Avanzaba sobre todo. Le temían.
Erwing suplía lo que había perdido con la presencia avasallante de Hipólito en el tatami como su coach.
La preparación física y técnica para llegar bien al mundial era extrema. En los entrenamientos se fueron conociendo los integrantes del seleccionado. Argentina presentaba competidores en las especialidades de Formas, Combate y Rotura de Potencia.
El seleccionado contaba con buenos atletas, casi siempre conquistaban algunas medallas, pero nunca obtuvieron un logro en rotura de potencia. Los deportistas que participaban de esta especialidad eran aquellos considerados los “menos técnicos”.

Quienes tenían mayor posibilidad de lograr una buena actuación en rotura de potencia eran la Roca Toledo y el Tanque Borracetti. Los apodos hacían alusión a las características físicas de estos competidores.
En el campeonato local, la Roca y el Tanque siempre salían primeros o segundos indistintamente. Dominaban el torneo desde hacía varios años. El resto de los competidores quedaban lejos en el puntaje final.
A pesar que se conocían, no eran amigos. Ni siquiera se saludaban. La competencia entre ellos era feroz.
La Roca era de Quilmes. El Tanque de Campana.
Los dos fueron elegidos para representar al país. Formaban parte de la Selección Argentina. El máximo logro que un deportista puede soñar.
La idea fue de Erwing.
Los coordinadores del equipo argentino estaban preocupados por el enfrentamiento reinante entre ellos. Esta situación podía influir negativamente en el espíritu del grupo y en la solidaridad del equipo que se necesita para enfrentar un campeonato mundial; y compartir tantos días alejado del país, de la familia y de los amigos.
Erwing con la practicidad y simpleza que lo caracteriza dijo – La solución es simple. Tienen que dormir juntos-
-Mi hermano y yo nos hacemos cargo – señaló.
La palabra de Erwing era escuchada y respetada. Además de la edad y la experiencia, era uno de los deportistas con más años de práctica y enseñanza del deporte.
A Hipólito también lo respetaban, por las dudas. No era tanto por sus logros deportivos, que fueron muchos, sino por la fiereza de su comportamiento. Le tenían un poco de miedo.
Cuando un grupo de personas que no se conocen comparten un viaje de muchos días, se genera un vínculo importante entre ellos. De mucha intimidad. Afloran rasgos de la personalidad de cada uno desconocidos, como sucedió en Corea del Norte.
La condición física de Toledo y su especialidad en rotura de potencia no coincidía con su inclinación a la lectura y al canto. La Roca era un intelectual y además, se dedicaba al estudio y práctica del canto gregoriano. Nadie lo sabía.
Borracetti tenía un pasado oscuro. Se equivocó en un momento de su vida y lo pagó con la cárcel. Pasó menos de un año encerrado. Tampoco, nadie lo sabía.
La habitación de ellos se encontraba junto al dormitorio de Erwing e Hipólito.
La primera noche, el ruido lo sobresaltó. No entendía qué sucedía. Era un sonido agudo, continuo, penetrante, y fuerte. Se levantó de la cama furioso. Erwing también se despertó. Miraron la hora, 4.00 de la mañana.
-Qué carajo es ese ruido- dijo en voz alta Hipólito.
-¿Están cantando? – preguntó Erwing. – ¿Pero quién carajo es el pelotudo que canta a esta hora? Gritó enojado.
Siguieron el sonido. Salieron de la habitación. El pasillo que comunicaba los cuartos estaba vacío. Se miraron los dos hermanos y avanzaron decididos hacia el dormitorio de la Roca y el Tanque. Abrieron la puerta, de mal modo, sin avisar. Las únicas personas capaces de enfrentar, de esa manera, a Toledo y Borracetti eran Hipólito y Erwing.
La Roca estaba arrodillado cantando frente a la ventana, de espalda a la puerta de ingreso. El Tanque le cebaba mate, y les hacía seña a los hermanos de que hagan silencio.
Amaneció y aún continuaban hablando los cuatro. Así se enteraron que Toledo se dedicaba al canto gregoriano y al estudio de los clásicos de la literatura universal. El pasado oscuro del Tanque también se reveló en esa charla. Lo más curioso era la manera en que se alejó de las malas compañías. El Tanque había encontrado un método. Se levantaba todos los días del año a las 5 de la mañana y recorría 220 kilómetros en bicicleta. Circundaba toda la Ciudad de Buenos Aires.
Cada madrugada iniciaba el mismo trayecto. Solo lo interrumpía si llovía. Luego, trabajaba en algún empleo eventual y cuando terminaba se dirigía al gimnasio a entrenar tae kwon do. A pesar que su aspecto físico indicaba otra cosa, era un alma sensible. Buscaba la manera de estar ocupado. Intentaba encontrar un rumbo en su vida. La Roca lo inició en el mundo de la lectura. Estaba feliz.
Hipólito y Erwing negociaron con ellos. A cambio de mantener discreción con lo conversado, lograron que Toledo y Borracetti arranquen con el canto gregoriano a las 6 de la mañana. Pero, además, Hipólito debería ser el coach de los dos en la competencia. Lo querían tener cerca. Con él se sentían seguros.
Erwing avanzó hasta los cuatro de final. Un tremendo logro para un deportista de 37 años. Existían competidores de esa edad en formas o en rotura de potencia pero no en combate. Hipólito fue fundamental en la performance de Erwing. Interrumpió varias peleas. Se metía en el tatami. Empujaba a los jueces, a los competidores. De esa manera ganaba tiempo y le permitía a Erwing recuperarse y tomar aire.
La Roca y el Tanque se paraban detrás de Hipólito en el rincón. La presencia de los tres juntos impartía respeto. En una pela, Erwing competía contra un noruego que era el candidato a la medalla. Estaba siempre acompañado por toda la delegación de su país, comandada por un rubio gigante.
Hipólito lo miró mal al grandote que saltaba y gritaba haciendo gestos de aliento. Se enojó. Se paró frente a él. En un movimiento sorpresivo y rápido extendió su mano. La frenó en seco frente a la cara del nórdico, con dos dedos le retorció la nariz y no se la soltó. Mantenía la presión. Pasó un tiempo dándole instrucciones a Erwing con la nariz del noruego entre sus manos y la cara haciendo muecas de dolor. Boqueaba. Le costaba respirar. No gritó más.
Erwing ganó por puntos. Costó, pero pasó la ronda.
La Roca y el Tanque no se separaban de los hermanos. Los cuatro andaban siempre juntos. Toledo alentaba a Borracetti para que rehaga su vida. De noche le leía textos de Shakespeare. El tanque cebaba mate.
Las tablas de madera estallaban en el aire. Se desasían. No importaba lo que le ponían adelante. Las destrozaba en mil pedazos. Avanzaba. La Roca superaba todos los obstáculos.
Se sentía seguro. La presencia de Hipólito y el apoyo del Tanque generaban en él un estado de ánimo superior. Se creía invencible.
En cada presentación la Roca sorprendía con su fiereza. Se concentraba, miraba el objetivo y pateaba con el alma y con lo que no tenía. No tuvo competencia. Llegó hasta el último día avanzando contra todos los pronósticos. Era un desconocido. Pulverizó todo lo que le pusieron.
La Roca se trajo la medalla. Salió campeón mundial en rotura de potencia. Sin esa unión, sin ese compañerismo de los cuatro, que apareció en la convivencia del viaje, difícilmente Toledo hubiese conseguido el trofeo. La influencia de Hipólito y Erwing, y la amistad del Tanque le dieron un plus mental a la Roca que le permitió triunfar.
El deporte elimina las barreras entre las personas.
Las une. El arte también.  

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