Operación Cartucho

Tomaron una decisión. Las reuniones comenzaron a hacerse más frecuentes. Llegaron con mucho esfuerzo a las vacaciones de invierno. La vuelta a la escuela fue desastrosa.

Para ellos las clases habían terminado. Restaba todavía la mitad del ciclo lectivo. Un calvario. No aguantaban más.
Cursaban el último año de la Escuela Secundaria. El grupo era liderado por cinco alumnos muy diferentes entre sí. Pero, había algo que los unía. Era el momento de pensar algunas acciones que les permitiría no dar clases o al menos interrumpirlas. Se los conocía como “Los Cinco”.
En un equipo tan reducido, siempre sobresale el cerebro que arma las estrategias, pero en este caso no era así. Todos exploraban ideas creativas para llevar a cabo; algunas siniestras. El único que a veces tardaba más en entrar en sintonía era Volátil Quartero. Aunque fue uno de los más activos.
El problema de Volátil era que a la mañana, antes de ingresar al colegio, a escondidas, tomaba varias copitas de anís 8 Hermanos, amarillo. Llegaba un poco mareado, pero se acomodaba. Era sagaz y brillante.
Volátil fue el que marcó el camino. Planificó todo y le dio a cada uno de los integrantes del grupo una tarea. Había conseguido un cartucho de dinamita vencido. Durante el fin de semana lo preparó. Lo vació. Lo llenó con tierra y lo selló. Parecía real.
La función de Hipólito era hacer saltar el picaporte del salón de música en el primer recreo. Era medio bruto. Tenía mucha fuerza. No tuvo inconveniente en realizar su trabajo en el tiempo estipulado. En esa aula, después del timbre, comenzaba la hora de música con otro curso. No hubo tiempo para arreglar la puerta.

No existía impedimento para que la clase se dicte normalmente. Tampoco, nada impidió para que Volátil se acerque sigilosamente por el pasillo y con mucho cuidado introduzca la dinamita encendida, a través del agujero que había quedado en lugar del picaporte.
El cartucho cayó y rebotó en el piso del salón. Rodó casi un metro en dirección al escritorio de Cripovich, el docente de música. Desde afuera, Volátil gritaba con la voz camuflada por un pañuelo - ¡Cuidado! ¡Cúbranse todos!
Volátil salió corriendo. Los amigos lo esperaban. Lo cubrían durante el trayecto. La salida estaba cuidadosamente planificada. La operación “Cartucho” fue un éxito. No hubo errores.
Mientras el cartucho falso de dinamita continuaba encendido, los alumnos, que estaban al tanto de lo que pasaba, salieron de sus bancos y se dirigieron hacia la esquina del aula. Todos gritaban descontroladamente, aunque algunos no podían contener la risa.
Cripovich estaba asustado. No sabía qué hacer. Llamaba a las autoridades y levantaba los brazos.
Gritaba - ¡Es el fin! ¡Es el fin!
-¡Recen chicos! ¡Recen!- continuaba exclamando sin bajar los brazos y con la cabeza hacia el techo. Como si estuviese rezando. Cripovich no se atrevía a mirar el cartucho. No se dio cuenta que ya estaba apagado.
Evacuaron la escuela.
Esa mañana no se dictó clases.
-¡Milagro! ¡Milagro! – gritaba Cripovich
Frente al colegio se encontraba el kiosco de la “Tía” donde iban casi todos los alumnos. Era el lugar de encuentro. Tenía un metegol con el que se jugaban memorables e interminables partidos.
El Pica Jiménez, tiró la idea. Todos se engancharon.
-Yo me encargo – dijo Hipólito.

A pesar de su contextura física, se destacaba por su habilidad con la electricidad, equipos de audio y sonido. Se equivocó de escuela. Debería haber ido a un colegio técnico. Era su fuerte.
Las clases comenzaban a las 7.45 de la mañana y culminaban a las 12.15, cuando sonaba el último timbre.
Hipólito tardó una semana en acondicionar los audios para que la grabación quede perfecta. Limpia. Sin ningún sonido alterno que tape o cubra el audio original. Una vez que logró la calidad deseada, se encargó de preparar y ajustar la potencia. El audio debía llegar a los decibeles exactos. Era la única manera de lograrlo.
El viernes anterior habían realizado la “Operación Cartucho”. El viernes siguiente iban por la “Operación Timbre”.
El jueves se reunieron en lo de la “Tía” y distribuyeron las tareas. Debían introducir el grabador con la potencia sin que nadie se diera cuenta.
Hipólito jugaba al Voley en la selección del colegio. Era normal que ingrese al aula con un bolso grande donde llevaba su indumentaria deportiva. Ese viernes no llamó la atención. Aunque era más grande de lo habitual, nadie notó nada extraño.
Todos los días el timbre sonaba a las 12.15. A partir de ese viernes y durante dos semanas, el timbre de Hipólito comenzó a sonar a las 12.00.
Había realizado una grabación exacta del sonido del timbre oficial. La calidad era tan buena que no se podía notar la diferencia.
Durante dos semanas, todos los alumnos de la escuela salieron 15 minutos antes de lo habitual.
No pudieron continuar porque Hipólito había terminado el torneo de vóley. No había manera de justificar un bolso tan grande dentro del aula.
Pero les faltaba más.
El cartucho de dinamita y el timbre no alcanzaban.
Necesitaban otra cosa. Necesitaban más contundencia. “Los Cinco” iban por todo. 

Algo para contar
Operación Cartucho

Tomaron una decisión. Las reuniones comenzaron a hacerse más frecuentes. Llegaron con mucho esfuerzo a las vacaciones de invierno. La vuelta a la escuela fue desastrosa.

Para ellos las clases habían terminado. Restaba todavía la mitad del ciclo lectivo. Un calvario. No aguantaban más.
Cursaban el último año de la Escuela Secundaria. El grupo era liderado por cinco alumnos muy diferentes entre sí. Pero, había algo que los unía. Era el momento de pensar algunas acciones que les permitiría no dar clases o al menos interrumpirlas. Se los conocía como “Los Cinco”.
En un equipo tan reducido, siempre sobresale el cerebro que arma las estrategias, pero en este caso no era así. Todos exploraban ideas creativas para llevar a cabo; algunas siniestras. El único que a veces tardaba más en entrar en sintonía era Volátil Quartero. Aunque fue uno de los más activos.
El problema de Volátil era que a la mañana, antes de ingresar al colegio, a escondidas, tomaba varias copitas de anís 8 Hermanos, amarillo. Llegaba un poco mareado, pero se acomodaba. Era sagaz y brillante.
Volátil fue el que marcó el camino. Planificó todo y le dio a cada uno de los integrantes del grupo una tarea. Había conseguido un cartucho de dinamita vencido. Durante el fin de semana lo preparó. Lo vació. Lo llenó con tierra y lo selló. Parecía real.
La función de Hipólito era hacer saltar el picaporte del salón de música en el primer recreo. Era medio bruto. Tenía mucha fuerza. No tuvo inconveniente en realizar su trabajo en el tiempo estipulado. En esa aula, después del timbre, comenzaba la hora de música con otro curso. No hubo tiempo para arreglar la puerta.

No existía impedimento para que la clase se dicte normalmente. Tampoco, nada impidió para que Volátil se acerque sigilosamente por el pasillo y con mucho cuidado introduzca la dinamita encendida, a través del agujero que había quedado en lugar del picaporte.
El cartucho cayó y rebotó en el piso del salón. Rodó casi un metro en dirección al escritorio de Cripovich, el docente de música. Desde afuera, Volátil gritaba con la voz camuflada por un pañuelo - ¡Cuidado! ¡Cúbranse todos!
Volátil salió corriendo. Los amigos lo esperaban. Lo cubrían durante el trayecto. La salida estaba cuidadosamente planificada. La operación “Cartucho” fue un éxito. No hubo errores.
Mientras el cartucho falso de dinamita continuaba encendido, los alumnos, que estaban al tanto de lo que pasaba, salieron de sus bancos y se dirigieron hacia la esquina del aula. Todos gritaban descontroladamente, aunque algunos no podían contener la risa.
Cripovich estaba asustado. No sabía qué hacer. Llamaba a las autoridades y levantaba los brazos.
Gritaba - ¡Es el fin! ¡Es el fin!
-¡Recen chicos! ¡Recen!- continuaba exclamando sin bajar los brazos y con la cabeza hacia el techo. Como si estuviese rezando. Cripovich no se atrevía a mirar el cartucho. No se dio cuenta que ya estaba apagado.
Evacuaron la escuela.
Esa mañana no se dictó clases.
-¡Milagro! ¡Milagro! – gritaba Cripovich
Frente al colegio se encontraba el kiosco de la “Tía” donde iban casi todos los alumnos. Era el lugar de encuentro. Tenía un metegol con el que se jugaban memorables e interminables partidos.
El Pica Jiménez, tiró la idea. Todos se engancharon.
-Yo me encargo – dijo Hipólito.

A pesar de su contextura física, se destacaba por su habilidad con la electricidad, equipos de audio y sonido. Se equivocó de escuela. Debería haber ido a un colegio técnico. Era su fuerte.
Las clases comenzaban a las 7.45 de la mañana y culminaban a las 12.15, cuando sonaba el último timbre.
Hipólito tardó una semana en acondicionar los audios para que la grabación quede perfecta. Limpia. Sin ningún sonido alterno que tape o cubra el audio original. Una vez que logró la calidad deseada, se encargó de preparar y ajustar la potencia. El audio debía llegar a los decibeles exactos. Era la única manera de lograrlo.
El viernes anterior habían realizado la “Operación Cartucho”. El viernes siguiente iban por la “Operación Timbre”.
El jueves se reunieron en lo de la “Tía” y distribuyeron las tareas. Debían introducir el grabador con la potencia sin que nadie se diera cuenta.
Hipólito jugaba al Voley en la selección del colegio. Era normal que ingrese al aula con un bolso grande donde llevaba su indumentaria deportiva. Ese viernes no llamó la atención. Aunque era más grande de lo habitual, nadie notó nada extraño.
Todos los días el timbre sonaba a las 12.15. A partir de ese viernes y durante dos semanas, el timbre de Hipólito comenzó a sonar a las 12.00.
Había realizado una grabación exacta del sonido del timbre oficial. La calidad era tan buena que no se podía notar la diferencia.
Durante dos semanas, todos los alumnos de la escuela salieron 15 minutos antes de lo habitual.
No pudieron continuar porque Hipólito había terminado el torneo de vóley. No había manera de justificar un bolso tan grande dentro del aula.
Pero les faltaba más.
El cartucho de dinamita y el timbre no alcanzaban.
Necesitaban otra cosa. Necesitaban más contundencia. “Los Cinco” iban por todo. 

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