Los laberintos de Soplete

Su mundo era mucho más que la arquitectura. Construía arte y realidades habitadas solo por él. Conocerlo era entrar en un laberinto de muchos mundos. No había un solo Soplete.

Se fue a vivir a la ciudad de Bariloche con su familia. Allí estaba instalado, desde hacía unos años, su amigo y compañero de la facultad, el Gordo Ritom.
Las distancias nunca fueron un impedimento para él. No importaba que viviese en el Sur, podía desarrollar cualquier cosa donde quisiera.
Todos los años en el verano y en el invierno viajaba a Rosario. Visitaba a su familia y a sus amigos, con quienes seguía inventando proyectos. Casi todos con una cuota de aventura y delirio maravillosos.
Ellos eran los únicos que podían transitar los laberintos en el mundo de Soplete. Todos estaban unos pasos corridos de la realidad. Las reuniones y discusiones sobre las ideas eran fantásticas. Irreales. Solo ellos podían ser capaces de transformarlas en realidad.
Con lo material era contradictorio. En general prescindía de muchas cosas y no le importaban otras. Eso pasaba con los vehículos. Los compraba sin ningún criterio. No era una compra planificada. La hacía.
Un viaje con él era una aventura. Se sabía el lugar de destino, pero no había mucha certeza en el tiempo en el que se llegaría. En el medio del trayecto podían pasar las cosas más inverosímiles.
En el inicio del mes de diciembre Soplete apareció en su casa con un Volkswagen Gol Country, usado.
-Con éste nos vamos al mar – anunció a su familia.
-¿Estás seguro?- le pregunto su mujer.
-Fidel, su hijo, no le decía papá. Lo llamaba por su nombre- -¿Soplete, lo revisaste bien?, le preguntó-
La familia había sufrido en reiteradas ocasiones las complicaciones de algunos vehículos que él había adquirido. La mayoría de esos infortunios sucedieron en los largos viajes que hacían durante el año.
-No pasa nada- exclamó.
Fue así. No hubo ningún problema con el vehículo.
La vuelta a Bariloche iba a ser distinta. Pero el inconveniente no iba a ser con el automóvil.
Soplete tenía un problema con la autoridad. Podía pasar horas discutiendo con un policía, un inspector de tránsito o quien sea que lo pare en la ruta. Siempre encontraba argumentos para rebatir cualquier cosa con el mismo tono de voz. No importaba que las horas pasen y su familia quede varada en la banquina esperando que culmine una discusión. Era capaz de acabar con la paciencia de cualquiera. No hacía ningún gesto. No movía ningún músculo de su cara.
Las personas que mantenían una disputa con él, terminaban perdidas en algunos de sus laberintos. Indescifrables. Interminables. Los confundía. Nunca encontraban la salida. Quedaban exhaustos.
En los puestos de control de la ruta lo paraban siempre. Algo hacía o llevaba de una manera no permitida. Su familia estaba acostumbrada.
Al ingresar a la Patagonia aparecen barreras fitosanitaria debido a que esa zona es una región protegida de plagas y enfermedades agropecuaria.
Salieron de madrugada. Manejaba Fidel. El baúl del Gol Country en condiciones normales es amplio. Pero su capacidad estaba limitada porque fue acondicionado para que funcione a gas. Quedaba reducido el espacio. Soplete lo resolvió poniendo un porta equipaje que le permitió colocar algunos bolsos y en el medio una heladerita, que es la que utilizaba la familia para ir a la playa.
Llegaban al primer control en La Pampa.
-Urbina- gritó el jefe. Andá y hacé el procedimiento- le ordenó.
El no esperaba que lo manden solo. Era su primer día de trabajo. Sintió que le bajaba la presión. No podía dar un paso. Estaba asustado.
-Urbina. No seas cagón y andá de una vez- le volvió a ordenar el jefe.
El inspector se acercó al Gol. Era muy joven. Presentaba algunos indicios, además de la edad, que lo señalaban como nuevito en el puesto. La camisa blanca radiante, el pantalón planchado impecable y los zapatos lustrados no coincidían con la llanura de la pampa y la soledad de la ruta. El viento, la tierra y el calor no encajaban con el atuendo del muchacho.
-Uhh. Este es nuevito – expresó Soplete. -Que carita de tierno. Que pinta de Bobby - continuó.
Fidel, sin atender los comentarios de su papá, disminuyó la velocidad y se paró a un costado del camino respetando las indicaciones.
Urbina quiso sonreír y saludar a la vez, pero no pudo. Nadie entendió lo que dijo. Se puso nervioso.
-Ay, pero este es un pelotudo bárbaro- dijo por lo bajo Soplete.
¿Me permite los papeles del auto? – le pidió a Fidel.
-¿Llevan alimentos? Abran el baúl, por favor- indicó.
Soplete comenzó a inquietarse. No le gustaba la manera inquisitoria de preguntar y la forma nerviosa en que los miraba.
-Este nos ve como culpables de algo. Nos juzga de antemano- pensaba Soplete.
Revisó todo, dio vuelta el equipaje que se encontraba en el baúl. Se lo notaba inseguro. Dejaba pasar bastante tiempo para hacer las preguntas o pedir algo. No se sentía cómodo con lo que hacía.
Sentía temor por su evidente falta de experiencia y por la mirada fija, seria y brutal con que Soplete lo encaraba.
Cuando todos pensaron que ya había concluido la inspección, el funcionario comenzó a preguntar por el equipaje que estaba arriba del auto. A la vista de todos.
Soplete le explicó lo que contenían los tres bolsos. Pero Urbina se concentró en la pequeña heladerita que estaba en el medio. Le dijeron que no había nada. Una botella de agua, una gaseosa. Nada importante.
Soplete le pidió que de por terminado el control ya que debían seguir conduciendo hasta Bariloche y faltaban muchos kilómetros para llegar.
La noche anterior armó el portaequipaje a su manera. Aseguró todo con una soga muy larga, con la cual realizó complejos nudos marineros para poder fijar los bártulos.
El Gol no estaba diseñado con un apoyo para que una persona pueda maniobrar el equipaje. Para acceder al portaequipaje había que subir al paragolpes del auto. Soplete le explicó la fragilidad del automóvil. Pero no hubo caso. Urbina insistía en observar lo que había en la heladerita.
El tiempo pasaba y la cara de Soplete se iba deformando. Estaba perdiendo la paciencia. Podía suceder cualquier cosa.
Urbina quería demostrar que podía hacer bien su trabajo. Estaba decidido a ser estricto y rígido. Estaba cegado.
De un lado, Urbina inflexible, temeroso y sin lugar para la razón. Del otro, Soplete que ya sabía el paso que daría. Estaba a punto de abrir las puertas de sus laberintos donde se iba a perder Urbina.
No hubo forma de convencer al joven inspector.
Soplete ya lo estaba midiendo. Calculó la distancia y el tiempo que necesitaba.

Insistió tanto, que Soplete de mala manera lo invitó a subir al paragolpes. Desató los enmarañados nudos. Abrió la heladera. Metió la mano y extrajo una botellita de Kétchup.
Urbina no se dio cuenta de esa maniobra. Acercó su cara a la heladera. Soplete con la mano izquierda lo agarró de la camisa blanca recién planchada y lo atrajo hacía él. Saltaron al aire los primeros tres botones. Cuando lo tuvo encima, con la mano derecha le vació la botellita de Kétchup en la cara, en la camisa y en el resto del cuerpo del inspector.
No paró hasta que no salió nada más.
Urbina no reaccionó. Quedó paralizado. Inmóvil arriba del paragolpes. Su cara de susto y espanto lo decía todo. Parecía que todo su rostro y su cuerpo estaban cubiertos de sangre.
Soplete, que ya había bajado, lo observaba con cara de asombro y le preguntaba qué le había sucedido. El joven inspector lo miró y no podía creer la pregunta que le hacía. Salió corriendo desesperado y asustado en busca de su jefe.
Volvió acompañado. Soplete, con su mejor cara de póker se hizo el desentendido de lo sucedido.
Negó absolutamente todo. Imperturbable. Convencido de lo que decía. Nunca dudó en sostener su relato.
Fue tan contundente que lo dejaron proseguir su viaje.
Le labraron un acta por llevar una botellita de Kétchup.
El joven Urbina en su primer día de trabajo entró al laberinto de Soplete y nunca pudo salir.
 

Algo para contar
Los laberintos de Soplete

Su mundo era mucho más que la arquitectura. Construía arte y realidades habitadas solo por él. Conocerlo era entrar en un laberinto de muchos mundos. No había un solo Soplete.

Se fue a vivir a la ciudad de Bariloche con su familia. Allí estaba instalado, desde hacía unos años, su amigo y compañero de la facultad, el Gordo Ritom.
Las distancias nunca fueron un impedimento para él. No importaba que viviese en el Sur, podía desarrollar cualquier cosa donde quisiera.
Todos los años en el verano y en el invierno viajaba a Rosario. Visitaba a su familia y a sus amigos, con quienes seguía inventando proyectos. Casi todos con una cuota de aventura y delirio maravillosos.
Ellos eran los únicos que podían transitar los laberintos en el mundo de Soplete. Todos estaban unos pasos corridos de la realidad. Las reuniones y discusiones sobre las ideas eran fantásticas. Irreales. Solo ellos podían ser capaces de transformarlas en realidad.
Con lo material era contradictorio. En general prescindía de muchas cosas y no le importaban otras. Eso pasaba con los vehículos. Los compraba sin ningún criterio. No era una compra planificada. La hacía.
Un viaje con él era una aventura. Se sabía el lugar de destino, pero no había mucha certeza en el tiempo en el que se llegaría. En el medio del trayecto podían pasar las cosas más inverosímiles.
En el inicio del mes de diciembre Soplete apareció en su casa con un Volkswagen Gol Country, usado.
-Con éste nos vamos al mar – anunció a su familia.
-¿Estás seguro?- le pregunto su mujer.
-Fidel, su hijo, no le decía papá. Lo llamaba por su nombre- -¿Soplete, lo revisaste bien?, le preguntó-
La familia había sufrido en reiteradas ocasiones las complicaciones de algunos vehículos que él había adquirido. La mayoría de esos infortunios sucedieron en los largos viajes que hacían durante el año.
-No pasa nada- exclamó.
Fue así. No hubo ningún problema con el vehículo.
La vuelta a Bariloche iba a ser distinta. Pero el inconveniente no iba a ser con el automóvil.
Soplete tenía un problema con la autoridad. Podía pasar horas discutiendo con un policía, un inspector de tránsito o quien sea que lo pare en la ruta. Siempre encontraba argumentos para rebatir cualquier cosa con el mismo tono de voz. No importaba que las horas pasen y su familia quede varada en la banquina esperando que culmine una discusión. Era capaz de acabar con la paciencia de cualquiera. No hacía ningún gesto. No movía ningún músculo de su cara.
Las personas que mantenían una disputa con él, terminaban perdidas en algunos de sus laberintos. Indescifrables. Interminables. Los confundía. Nunca encontraban la salida. Quedaban exhaustos.
En los puestos de control de la ruta lo paraban siempre. Algo hacía o llevaba de una manera no permitida. Su familia estaba acostumbrada.
Al ingresar a la Patagonia aparecen barreras fitosanitaria debido a que esa zona es una región protegida de plagas y enfermedades agropecuaria.
Salieron de madrugada. Manejaba Fidel. El baúl del Gol Country en condiciones normales es amplio. Pero su capacidad estaba limitada porque fue acondicionado para que funcione a gas. Quedaba reducido el espacio. Soplete lo resolvió poniendo un porta equipaje que le permitió colocar algunos bolsos y en el medio una heladerita, que es la que utilizaba la familia para ir a la playa.
Llegaban al primer control en La Pampa.
-Urbina- gritó el jefe. Andá y hacé el procedimiento- le ordenó.
El no esperaba que lo manden solo. Era su primer día de trabajo. Sintió que le bajaba la presión. No podía dar un paso. Estaba asustado.
-Urbina. No seas cagón y andá de una vez- le volvió a ordenar el jefe.
El inspector se acercó al Gol. Era muy joven. Presentaba algunos indicios, además de la edad, que lo señalaban como nuevito en el puesto. La camisa blanca radiante, el pantalón planchado impecable y los zapatos lustrados no coincidían con la llanura de la pampa y la soledad de la ruta. El viento, la tierra y el calor no encajaban con el atuendo del muchacho.
-Uhh. Este es nuevito – expresó Soplete. -Que carita de tierno. Que pinta de Bobby - continuó.
Fidel, sin atender los comentarios de su papá, disminuyó la velocidad y se paró a un costado del camino respetando las indicaciones.
Urbina quiso sonreír y saludar a la vez, pero no pudo. Nadie entendió lo que dijo. Se puso nervioso.
-Ay, pero este es un pelotudo bárbaro- dijo por lo bajo Soplete.
¿Me permite los papeles del auto? – le pidió a Fidel.
-¿Llevan alimentos? Abran el baúl, por favor- indicó.
Soplete comenzó a inquietarse. No le gustaba la manera inquisitoria de preguntar y la forma nerviosa en que los miraba.
-Este nos ve como culpables de algo. Nos juzga de antemano- pensaba Soplete.
Revisó todo, dio vuelta el equipaje que se encontraba en el baúl. Se lo notaba inseguro. Dejaba pasar bastante tiempo para hacer las preguntas o pedir algo. No se sentía cómodo con lo que hacía.
Sentía temor por su evidente falta de experiencia y por la mirada fija, seria y brutal con que Soplete lo encaraba.
Cuando todos pensaron que ya había concluido la inspección, el funcionario comenzó a preguntar por el equipaje que estaba arriba del auto. A la vista de todos.
Soplete le explicó lo que contenían los tres bolsos. Pero Urbina se concentró en la pequeña heladerita que estaba en el medio. Le dijeron que no había nada. Una botella de agua, una gaseosa. Nada importante.
Soplete le pidió que de por terminado el control ya que debían seguir conduciendo hasta Bariloche y faltaban muchos kilómetros para llegar.
La noche anterior armó el portaequipaje a su manera. Aseguró todo con una soga muy larga, con la cual realizó complejos nudos marineros para poder fijar los bártulos.
El Gol no estaba diseñado con un apoyo para que una persona pueda maniobrar el equipaje. Para acceder al portaequipaje había que subir al paragolpes del auto. Soplete le explicó la fragilidad del automóvil. Pero no hubo caso. Urbina insistía en observar lo que había en la heladerita.
El tiempo pasaba y la cara de Soplete se iba deformando. Estaba perdiendo la paciencia. Podía suceder cualquier cosa.
Urbina quería demostrar que podía hacer bien su trabajo. Estaba decidido a ser estricto y rígido. Estaba cegado.
De un lado, Urbina inflexible, temeroso y sin lugar para la razón. Del otro, Soplete que ya sabía el paso que daría. Estaba a punto de abrir las puertas de sus laberintos donde se iba a perder Urbina.
No hubo forma de convencer al joven inspector.
Soplete ya lo estaba midiendo. Calculó la distancia y el tiempo que necesitaba.

Insistió tanto, que Soplete de mala manera lo invitó a subir al paragolpes. Desató los enmarañados nudos. Abrió la heladera. Metió la mano y extrajo una botellita de Kétchup.
Urbina no se dio cuenta de esa maniobra. Acercó su cara a la heladera. Soplete con la mano izquierda lo agarró de la camisa blanca recién planchada y lo atrajo hacía él. Saltaron al aire los primeros tres botones. Cuando lo tuvo encima, con la mano derecha le vació la botellita de Kétchup en la cara, en la camisa y en el resto del cuerpo del inspector.
No paró hasta que no salió nada más.
Urbina no reaccionó. Quedó paralizado. Inmóvil arriba del paragolpes. Su cara de susto y espanto lo decía todo. Parecía que todo su rostro y su cuerpo estaban cubiertos de sangre.
Soplete, que ya había bajado, lo observaba con cara de asombro y le preguntaba qué le había sucedido. El joven inspector lo miró y no podía creer la pregunta que le hacía. Salió corriendo desesperado y asustado en busca de su jefe.
Volvió acompañado. Soplete, con su mejor cara de póker se hizo el desentendido de lo sucedido.
Negó absolutamente todo. Imperturbable. Convencido de lo que decía. Nunca dudó en sostener su relato.
Fue tan contundente que lo dejaron proseguir su viaje.
Le labraron un acta por llevar una botellita de Kétchup.
El joven Urbina en su primer día de trabajo entró al laberinto de Soplete y nunca pudo salir.
 

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