Leopoldo el voluntarioso

Desde la edad del pavo había comenzado a esculpir su cuerpo en el gimnasio. El rugby le dio una disciplina que sostuvo hasta los 20 años. De allí en más, con el tae kwon do obtuvo una extrema flexibilidad en sus movimientos.

Estaba acostumbrado al esfuerzo. Al contacto físico.
A pesar del paso del tiempo, siempre continuó realizando alguna actividad deportiva. Con sus 55 años seguía intacto. Fibroso y activo.
Leopoldo, como todo el mundo, estaba lleno de contradicciones. Así como era obsesivo y eficiente con su trabajo; en su vida cotidiana protagonizaba algunas situaciones insólitas que no tenían sentido. Sólo podían explicarse por su excesiva desatención.
Todo su interés estaba puesto en el trabajo. Cuando terminaba su jornada laboral, no podía fijar la atención en nada. Vivía realidades que lo llevaban a un punto límite. Muchas de ellas, ni siquiera las registraba.
Nunca se preocupó mucho. Eran dos Leopoldo. No había una explicación clínica a ese comportamiento. Su mujer recurrió a varios profesionales para obtener una respuesta al desdoblamiento de Leopoldo. No pudo encontrar un argumento racional y menos una solución.
-Lo más lógico- le dijeron- es que probablemente repita conductas familiares adquiridas desde la niñez-.
Las personas que no le conocían esta faceta quedaban descolocadas. Si alguien viajaba con él por primera vez, podía resultar una experiencia difícil. Siempre se equivocaba. Nunca doblaba donde debía. Lo hacía antes o después de la curva indicada y, generalmente, terminaba a kilómetros del destino buscado.

Además, le sacaba un cero a la cantidad de kilómetros que señalaban los carteles de la ruta, haciendo referencia a la distancia que faltaba para llegar a la próxima localidad. Miraba las indicaciones sin ver. Si faltaban 100 kilómetros para el acceso a una ciudad, leía 10 y tomaba cualquier camino. Viajar con él era una pesadilla.
Esto sucedía en la ruta, pero en la ciudad no tenía ningún reparo en mantener una conversación animada con su acompañante mientras conducía tan cerca de los autos estacionados que los iba rayando. Su mayor performance la obtuvo en pleno centro de Rosario cuando una tarde circulando por la calle San Lorenzo, al cruzar San Martín, comenzó a rayar todos los coches hasta llegar a la intersección con Maipú, donde frenó, dejó pasar una moto, y continuó su marcha tranquila, pero siempre raspando todo. En este caso, hasta la calle Laprida, donde debía girar a la derecha. Al doblar, se alejó del carril de estacionamiento y siguió manejando como si nada hubiese pasado. Esa tarde, durante dos cuadras, abolló y rompió los espejos retrovisores de la mayoría de los vehículos allí situados. Jamás prestó atención a lo sucedido. Jamás se enteró de lo ocurrido.
Leopoldo era una excelente persona. Confiable. Predecible. Querido. Pero, no prestaba atención. En 2001 se encontró con un amigo que hacía tiempo no veía. Tomaron un café y en el transcurso de la conversación, terminó comprándole una cochera que tenia a la venta en pleno centro, que podía resultar muy práctica para él y su familia. La fue a ver y selló el acuerdo.
Cuando la quiso usar, su vehículo no entraba. El de su mujer, que era más chico, tampoco. En realidad, lo alcanzaba a estacionar, pero no se podían abrir las puertas porque la cochera estaba ubicada en el lugar donde se encontraban los ascensores. El espacio no era simétrico y se reducía notablemente en la punta.
Leopoldo no estaba para prestar atención a estos detalles.
La usó una vez cuando fue de visita a la casa de sus padres en bicicleta.
Una de las virtudes de Leopoldo, era su constante voluntad para todo. Nunca se negaba a nada. Siempre daba una mano. Predispuesto y atento a las necesidades de las personas. Cuando hacía falta, él siempre estaba.
Buscaba la manera de ayudar. Se preocupaba por los demás.
Conocía el trabajo que venían haciendo desde hacía varios años. Lograron un posicionamiento y una seriedad a base de constancia y mucho esfuerzo. Lo que prometían, lo cumplían. Era una organización sin fines de lucro que se dedicaba a juntar alimentos y distribuirlos en la población más necesitada de la ciudad. Desarrollaban una labor excelente. A medida que el tiempo pasaba fueron ocupando en la sociedad un lugar de mucho respeto. Trabajaban duro y bien. Leopoldo tenía algunos conocidos que colaboraban. En varias oportunidades, había manifestado que si lo necesitaban lo llamen.
Realizaban numerosas actividades para recaudar fondos con mucho éxito, pero donde hacía falta asistir era en el trabajo pesado. Abastecer los depósitos de alimentos, empaquetar las raciones y trasladarla a los lugares más necesitados, entre otras cosas.
-Yo quiero arremangarme y ayudar. No le tengo miedo a ensuciarme. Quiero meterme en el llano- indicó con absoluta certeza, en esa reunión. Tomaron nota.
Faltaban pocos días para el otoño, pero el calor, ese martes, era violento. Estaba anunciado que toda la semana el clima no iba a dar tregua. Atendió su teléfono. Le preguntaron si podía acercarse el jueves a las 11.00 al depósito de la ONG. Sin pensarlo, dijo que sí.
La única información que le dieron fue que llegaban papas de Balcarce y que había que acomodarlas. Tampoco pidió muchos detalles
Sus conocidos lo saludaron afectuosamente y el resto de las personas que estaban en el lugar lo miraron extrañados. Le preguntaron si tenía otra vestimenta en el auto. Sin dar mucha importancia a la pregunta, dijo que no. Se escucharon varios bocinazos potentes. Desde la esquina aparecieron dos enormes camiones que anunciaban su llegada.
La ciudad de Balcarce es conocida por la gran calidad de las papas que se cosechan en su tierra. Allí también se encuentran la mayoría de las procesadoras de ese tubérculo desde donde abastecen a todo el país. Una de las empresas más importantes, asentada en esa ciudad, donó a la ONG una carga de papas para que sean distribuidas.
Hacía 12 horas que los camiones venían rodando.
Cada uno contenía treinta toneladas de papas. Estaban eufóricos con la llegada del cargamento. Leopoldo también, hasta que le dijeron cual era su función. Era el más fuerte. El que estaba en mejor estado físico respecto del resto de los voluntarios. Por eso lo convocaron. Todos lo sabían y él siempre que podía, hacía alarde de su condición atlética.
No tuvo opción. No podía negarse.
Descargaron los tubérculos en el playón. Los voluntarios tenían que llenar unas bolsas de 20 kilos cada una. Leopoldo las debía acomodar con las manos para poder cerrarlas. Una vez concluido el cierre, él las tenía que colocar sobre sus hombros y trasladarlas hasta el depósito.
Hizo la cuenta inmediatamente. -Son 60 toneladas de papas, lo que significa 60.000 kilos que deben ser colocados en 3.000 bolsas- pensó. Sacó la cuenta en vos baja – ¿3.000 bolsas? Se decía para sí mismo –

Estaba acostumbrado al esfuerzo y al calor. Su paso por Clorinda, cuando inició su carrera laboral, lo había curtido. Le empezó a molestar la inapropiada vestimenta que llevaba puesta y la transpiración. No pasó mucho tiempo para que su cuerpo esté completamente cubierto de pies a cabeza por la tierra que traían los tubérculos.
Lo único que se le veía eran los ojos y sus dientes blancos cuando abría la boca. Estaba lleno de polvillo. Irreconocible. Incómodo.
Resistía.
Terminaron a las 15.00. Casi no pudo bajar del auto al llegar a su casa. La cintura ni las piernas le respondían. El peso de las bolsas sobre su espalda le produjo un tirón en el cuello que le llegaba hasta la base del omóplato. Volvió al trabajo el martes siguiente.
Recién ese día se pudo levantar de la cama.
No se quejó. -No hay esfuerzo sin dolor- le repetía a su familia.
A partir de esa experiencia, Leopoldo nunca más pudo comer papas. No hubo forma. Aunque se la preparasen de distintas maneras, fue imposible. Resistió un tiempo con las “papas a la provenzal”. Pero no pudo más.
Fue el costo que tuvo pagar por ser tan voluntarioso.
 

Algo para contar
Leopoldo el voluntarioso

Desde la edad del pavo había comenzado a esculpir su cuerpo en el gimnasio. El rugby le dio una disciplina que sostuvo hasta los 20 años. De allí en más, con el tae kwon do obtuvo una extrema flexibilidad en sus movimientos.

Estaba acostumbrado al esfuerzo. Al contacto físico.
A pesar del paso del tiempo, siempre continuó realizando alguna actividad deportiva. Con sus 55 años seguía intacto. Fibroso y activo.
Leopoldo, como todo el mundo, estaba lleno de contradicciones. Así como era obsesivo y eficiente con su trabajo; en su vida cotidiana protagonizaba algunas situaciones insólitas que no tenían sentido. Sólo podían explicarse por su excesiva desatención.
Todo su interés estaba puesto en el trabajo. Cuando terminaba su jornada laboral, no podía fijar la atención en nada. Vivía realidades que lo llevaban a un punto límite. Muchas de ellas, ni siquiera las registraba.
Nunca se preocupó mucho. Eran dos Leopoldo. No había una explicación clínica a ese comportamiento. Su mujer recurrió a varios profesionales para obtener una respuesta al desdoblamiento de Leopoldo. No pudo encontrar un argumento racional y menos una solución.
-Lo más lógico- le dijeron- es que probablemente repita conductas familiares adquiridas desde la niñez-.
Las personas que no le conocían esta faceta quedaban descolocadas. Si alguien viajaba con él por primera vez, podía resultar una experiencia difícil. Siempre se equivocaba. Nunca doblaba donde debía. Lo hacía antes o después de la curva indicada y, generalmente, terminaba a kilómetros del destino buscado.

Además, le sacaba un cero a la cantidad de kilómetros que señalaban los carteles de la ruta, haciendo referencia a la distancia que faltaba para llegar a la próxima localidad. Miraba las indicaciones sin ver. Si faltaban 100 kilómetros para el acceso a una ciudad, leía 10 y tomaba cualquier camino. Viajar con él era una pesadilla.
Esto sucedía en la ruta, pero en la ciudad no tenía ningún reparo en mantener una conversación animada con su acompañante mientras conducía tan cerca de los autos estacionados que los iba rayando. Su mayor performance la obtuvo en pleno centro de Rosario cuando una tarde circulando por la calle San Lorenzo, al cruzar San Martín, comenzó a rayar todos los coches hasta llegar a la intersección con Maipú, donde frenó, dejó pasar una moto, y continuó su marcha tranquila, pero siempre raspando todo. En este caso, hasta la calle Laprida, donde debía girar a la derecha. Al doblar, se alejó del carril de estacionamiento y siguió manejando como si nada hubiese pasado. Esa tarde, durante dos cuadras, abolló y rompió los espejos retrovisores de la mayoría de los vehículos allí situados. Jamás prestó atención a lo sucedido. Jamás se enteró de lo ocurrido.
Leopoldo era una excelente persona. Confiable. Predecible. Querido. Pero, no prestaba atención. En 2001 se encontró con un amigo que hacía tiempo no veía. Tomaron un café y en el transcurso de la conversación, terminó comprándole una cochera que tenia a la venta en pleno centro, que podía resultar muy práctica para él y su familia. La fue a ver y selló el acuerdo.
Cuando la quiso usar, su vehículo no entraba. El de su mujer, que era más chico, tampoco. En realidad, lo alcanzaba a estacionar, pero no se podían abrir las puertas porque la cochera estaba ubicada en el lugar donde se encontraban los ascensores. El espacio no era simétrico y se reducía notablemente en la punta.
Leopoldo no estaba para prestar atención a estos detalles.
La usó una vez cuando fue de visita a la casa de sus padres en bicicleta.
Una de las virtudes de Leopoldo, era su constante voluntad para todo. Nunca se negaba a nada. Siempre daba una mano. Predispuesto y atento a las necesidades de las personas. Cuando hacía falta, él siempre estaba.
Buscaba la manera de ayudar. Se preocupaba por los demás.
Conocía el trabajo que venían haciendo desde hacía varios años. Lograron un posicionamiento y una seriedad a base de constancia y mucho esfuerzo. Lo que prometían, lo cumplían. Era una organización sin fines de lucro que se dedicaba a juntar alimentos y distribuirlos en la población más necesitada de la ciudad. Desarrollaban una labor excelente. A medida que el tiempo pasaba fueron ocupando en la sociedad un lugar de mucho respeto. Trabajaban duro y bien. Leopoldo tenía algunos conocidos que colaboraban. En varias oportunidades, había manifestado que si lo necesitaban lo llamen.
Realizaban numerosas actividades para recaudar fondos con mucho éxito, pero donde hacía falta asistir era en el trabajo pesado. Abastecer los depósitos de alimentos, empaquetar las raciones y trasladarla a los lugares más necesitados, entre otras cosas.
-Yo quiero arremangarme y ayudar. No le tengo miedo a ensuciarme. Quiero meterme en el llano- indicó con absoluta certeza, en esa reunión. Tomaron nota.
Faltaban pocos días para el otoño, pero el calor, ese martes, era violento. Estaba anunciado que toda la semana el clima no iba a dar tregua. Atendió su teléfono. Le preguntaron si podía acercarse el jueves a las 11.00 al depósito de la ONG. Sin pensarlo, dijo que sí.
La única información que le dieron fue que llegaban papas de Balcarce y que había que acomodarlas. Tampoco pidió muchos detalles
Sus conocidos lo saludaron afectuosamente y el resto de las personas que estaban en el lugar lo miraron extrañados. Le preguntaron si tenía otra vestimenta en el auto. Sin dar mucha importancia a la pregunta, dijo que no. Se escucharon varios bocinazos potentes. Desde la esquina aparecieron dos enormes camiones que anunciaban su llegada.
La ciudad de Balcarce es conocida por la gran calidad de las papas que se cosechan en su tierra. Allí también se encuentran la mayoría de las procesadoras de ese tubérculo desde donde abastecen a todo el país. Una de las empresas más importantes, asentada en esa ciudad, donó a la ONG una carga de papas para que sean distribuidas.
Hacía 12 horas que los camiones venían rodando.
Cada uno contenía treinta toneladas de papas. Estaban eufóricos con la llegada del cargamento. Leopoldo también, hasta que le dijeron cual era su función. Era el más fuerte. El que estaba en mejor estado físico respecto del resto de los voluntarios. Por eso lo convocaron. Todos lo sabían y él siempre que podía, hacía alarde de su condición atlética.
No tuvo opción. No podía negarse.
Descargaron los tubérculos en el playón. Los voluntarios tenían que llenar unas bolsas de 20 kilos cada una. Leopoldo las debía acomodar con las manos para poder cerrarlas. Una vez concluido el cierre, él las tenía que colocar sobre sus hombros y trasladarlas hasta el depósito.
Hizo la cuenta inmediatamente. -Son 60 toneladas de papas, lo que significa 60.000 kilos que deben ser colocados en 3.000 bolsas- pensó. Sacó la cuenta en vos baja – ¿3.000 bolsas? Se decía para sí mismo –

Estaba acostumbrado al esfuerzo y al calor. Su paso por Clorinda, cuando inició su carrera laboral, lo había curtido. Le empezó a molestar la inapropiada vestimenta que llevaba puesta y la transpiración. No pasó mucho tiempo para que su cuerpo esté completamente cubierto de pies a cabeza por la tierra que traían los tubérculos.
Lo único que se le veía eran los ojos y sus dientes blancos cuando abría la boca. Estaba lleno de polvillo. Irreconocible. Incómodo.
Resistía.
Terminaron a las 15.00. Casi no pudo bajar del auto al llegar a su casa. La cintura ni las piernas le respondían. El peso de las bolsas sobre su espalda le produjo un tirón en el cuello que le llegaba hasta la base del omóplato. Volvió al trabajo el martes siguiente.
Recién ese día se pudo levantar de la cama.
No se quejó. -No hay esfuerzo sin dolor- le repetía a su familia.
A partir de esa experiencia, Leopoldo nunca más pudo comer papas. No hubo forma. Aunque se la preparasen de distintas maneras, fue imposible. Resistió un tiempo con las “papas a la provenzal”. Pero no pudo más.
Fue el costo que tuvo pagar por ser tan voluntarioso.
 

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