Encuentros cercanos de ningún tipo

El Enano Anderson era arquitecto, Leopoldo funcionario de la Aduana. Uno, diseñaba y proyectaba viviendas. El otro, evitaba el contrabando en el país. Eran amigos desde siempre, pero hacía tiempo que no se veían.

 El Enano, de espíritu inquieto, no se contentaba con la Arquitectura, siempre estaba explorando otros caminos. A pedido de un amigo, se transformó en el productor de una película que se filmó en la ciudad de Rosario y se estrenó en todos los cines del país.
Sin proponérselo, porque a él las cosas le ocurrían, compartió reuniones en Buenos Aires para convencer de que participen en el proyecto a los actores Federico Luppi y Pablo Echarri, y a la actriz Norma Aleandro. Aceptaron los tres.
La vida de Leopoldo no tenía el glamour que sí tenía la del Enano Anderson. No se rodeaba de famosos. Se dedicaba a hacer cumplir la ley. Había desarrollado un instinto, un olfato determinante para respetar y entender las normativas de la Aduana.
Eran muy distintos, pero los caminos de la vida los cruzaron y construyeron una amistad que aún perdura.
Tenían una regla que no estaba escrita y de la cual nunca hablaron entre ellos, pero la cumplían a rajatabla.
No saben quién de los dos la comenzó a poner en práctica, pero funcionó y aún lo hace.
Salió naturalmente. Es una práctica que desconcierta a las personas que eventualmente acompañan a alguno de ellos.
La primera vez ocurrió en España.
El Enano Anderson quería conocer el mundo. Se fue a Barcelona y allí permaneció casi dos años. Volvió y desarrolló su carrera profesional, pero cada vez que tenía la oportunidad retornaba a la ciudad condal, donde había dejado amigos. Estableció lazos muy fuertes.
Leopoldo, cuando terminó los estudios universitarios, antes de iniciar su carrera profesional, decidió viajar a Europa.
Una vez establecido en Barcelona, un mediodía de otoño, Leopoldo junto a una amiga fueron al Museo Picasso, que se encuentra sobre la calle Montcada, en el barrio del Born. Sobre la misma vereda se ubica el Museo Textil que cuenta con un pequeño y agradable café en su terraza.
Hacia allí se dirigía cuando dejó de caminar debido a la aparición intempestiva de un automóvil que intentaba salir de una playa de estacionamiento en dirección a la calle. Leopoldo se paró de inmediato. El Alfa Romeo deportivo clavó los frenos.
El conductor se sacó los anteojos de sol. Se comieron con la vista, insultándose por dentro, pero sin decirse nada. Leopoldo continuó su camino frente al auto sin dejar de observar a quien manejaba. Su amiga pensó lo peor. Lo conocía. Sabía que era un hombre de acción.
En voz baja, le decía que se tranquilice, que siga caminando. Del otro lado, el Enano Anderson, que conducía el Alfa Romeo, no dejaba de mirarlo fijamente sin emitir sonido. La persona que iba de acompañante en el vehículo pensó lo peor. Se produjo un momento de extrema tensión.
Mientras Leopoldo pasaba, el Enano Anderson aceleraba el auto en vacío, sin quitarle los ojos de encima. El ruido que producía la aceleración era ensordecedor. Un acto claro de provocación.
No hubo ninguna expresión. Ninguna palabra. Cada uno siguió su camino. No se saludaron.
Al otro día, el Enano llamó a su hermano Evaristo, para que le pase el número de teléfono del lugar donde Leopoldo se alojaba. Lo llamó.
Ese fin de semana, Leopoldo y el Enano, junto a varios amigos, incluidas las personas que participaron del episodio a la salida del museo, fueron a pasar unos días a Cadaqués.
A partir de ese hecho, que ocurrió en el otoño de 1990, cada vez que se encuentran en forma casual, repiten la misma actitud. No importa si están solos o acompañados, tampoco el lugar.
La reunión fue programada para las 10.30, pero se demoró. El Enano Anderson se presentó ante Alicia, la secretaria del presidente del Puerto de Rosario. Ella le pidió que aguarde y tome asiento en la recepción.
No lo vio. Leopoldo sí.
Se sentó. A su lado se encontraba una enorme maceta con una planta con hojas largas y anchas que impedían la visual hacia el lado derecho de la sala. Por eso no lo veía.
Leopoldo estaba del otro lado de la maceta. Se escondió aún más para que el Enano no se diera cuenta.
Alicia, ubicada en su escritorio frente a ellos, comenzó a observar una situación extraña. Lo conocía a Leopoldo, era un alto funcionario de la Aduana que periódicamente asistía a reuniones en el puerto. Le llamaba la atención las contorsiones que hacía con su cuerpo. No era común en él. Siempre se presentaba con mucha seriedad y formalidad.
Se levantó y se dirigió hacia Alicia. Lo hizo a propósito para que el Enano Anderson lo viera. Volvió a su asiento. No se saludaron. No se hablaron.
Alicia no entendía nada. Percibió una fuerte dosis de odio en la actitud de cada uno de ellos. No había nadie más en la sala.
Con las manos separaron las hojas de la planta y se descubrieron mutuamente. Leopoldo comenzó a lanzarle las piedritas que se encontraban sobre la tierra, en la base de la maceta. El Enano respondía, agazapado entre el follaje,
La imagen era extraña. Dos señores, ya entrados en años, de traje y corbata, tirándose pequeños objetos detrás de la planta, sin hablarse.
Alicia no aguantó más. Se asustó. Llamó a seguridad.
El Enano Anderson y Leopoldo tuvieron que dar explicaciones para que la cosa no pase a mayores.
Cuando todo se calmó, el Enano le contó a Leopoldo sobre la película. Le explicó que las escenas de la empresa donde trabajaban Luppi y Echarri se filmarían en las instalaciones del puerto. Por esta razón él se encontraba allí.
A Leopoldo le afloró su parte más frívola. Sin pensarlo, le preguntó si podía aparecer como extra.
El Enano no respondió de inmediato. Se quedó pensando. Era una respuesta rápida pero la prolongó. Quería aumentar la ansiedad de Leopoldo. Finalmente le dijo que sí. Leopoldo, que era grandote, lo abrazó de la alegría y lo levantó en el aire.
Alicia quedó desconcertada.
Leopoldo debía estar al otro día con su hija Clarisa en el Club Gimnasia y Esgrima. Saldría de extra en la tribuna, como parte del público que presenciaba un partido de rugby, donde jugaba el hijo de Norma Alejandro y Federico Luppi.
El Enano lo sentó muy cerca de la renombrada actriz.
Leopoldo se tomó el día en el trabajo para poder asistir. La actuación que se grababa en el club se repitió durante todo el día. No salía como el director quería. La escena que finalmente apareció en el film solo ocupó un minuto.
Cuando se estrenó la película, Leopoldo asistió al avant premiere con su familia.
No salió en ninguna escena.

Algo para contar
Encuentros cercanos de ningún tipo

El Enano Anderson era arquitecto, Leopoldo funcionario de la Aduana. Uno, diseñaba y proyectaba viviendas. El otro, evitaba el contrabando en el país. Eran amigos desde siempre, pero hacía tiempo que no se veían.

 El Enano, de espíritu inquieto, no se contentaba con la Arquitectura, siempre estaba explorando otros caminos. A pedido de un amigo, se transformó en el productor de una película que se filmó en la ciudad de Rosario y se estrenó en todos los cines del país.
Sin proponérselo, porque a él las cosas le ocurrían, compartió reuniones en Buenos Aires para convencer de que participen en el proyecto a los actores Federico Luppi y Pablo Echarri, y a la actriz Norma Aleandro. Aceptaron los tres.
La vida de Leopoldo no tenía el glamour que sí tenía la del Enano Anderson. No se rodeaba de famosos. Se dedicaba a hacer cumplir la ley. Había desarrollado un instinto, un olfato determinante para respetar y entender las normativas de la Aduana.
Eran muy distintos, pero los caminos de la vida los cruzaron y construyeron una amistad que aún perdura.
Tenían una regla que no estaba escrita y de la cual nunca hablaron entre ellos, pero la cumplían a rajatabla.
No saben quién de los dos la comenzó a poner en práctica, pero funcionó y aún lo hace.
Salió naturalmente. Es una práctica que desconcierta a las personas que eventualmente acompañan a alguno de ellos.
La primera vez ocurrió en España.
El Enano Anderson quería conocer el mundo. Se fue a Barcelona y allí permaneció casi dos años. Volvió y desarrolló su carrera profesional, pero cada vez que tenía la oportunidad retornaba a la ciudad condal, donde había dejado amigos. Estableció lazos muy fuertes.
Leopoldo, cuando terminó los estudios universitarios, antes de iniciar su carrera profesional, decidió viajar a Europa.
Una vez establecido en Barcelona, un mediodía de otoño, Leopoldo junto a una amiga fueron al Museo Picasso, que se encuentra sobre la calle Montcada, en el barrio del Born. Sobre la misma vereda se ubica el Museo Textil que cuenta con un pequeño y agradable café en su terraza.
Hacia allí se dirigía cuando dejó de caminar debido a la aparición intempestiva de un automóvil que intentaba salir de una playa de estacionamiento en dirección a la calle. Leopoldo se paró de inmediato. El Alfa Romeo deportivo clavó los frenos.
El conductor se sacó los anteojos de sol. Se comieron con la vista, insultándose por dentro, pero sin decirse nada. Leopoldo continuó su camino frente al auto sin dejar de observar a quien manejaba. Su amiga pensó lo peor. Lo conocía. Sabía que era un hombre de acción.
En voz baja, le decía que se tranquilice, que siga caminando. Del otro lado, el Enano Anderson, que conducía el Alfa Romeo, no dejaba de mirarlo fijamente sin emitir sonido. La persona que iba de acompañante en el vehículo pensó lo peor. Se produjo un momento de extrema tensión.
Mientras Leopoldo pasaba, el Enano Anderson aceleraba el auto en vacío, sin quitarle los ojos de encima. El ruido que producía la aceleración era ensordecedor. Un acto claro de provocación.
No hubo ninguna expresión. Ninguna palabra. Cada uno siguió su camino. No se saludaron.
Al otro día, el Enano llamó a su hermano Evaristo, para que le pase el número de teléfono del lugar donde Leopoldo se alojaba. Lo llamó.
Ese fin de semana, Leopoldo y el Enano, junto a varios amigos, incluidas las personas que participaron del episodio a la salida del museo, fueron a pasar unos días a Cadaqués.
A partir de ese hecho, que ocurrió en el otoño de 1990, cada vez que se encuentran en forma casual, repiten la misma actitud. No importa si están solos o acompañados, tampoco el lugar.
La reunión fue programada para las 10.30, pero se demoró. El Enano Anderson se presentó ante Alicia, la secretaria del presidente del Puerto de Rosario. Ella le pidió que aguarde y tome asiento en la recepción.
No lo vio. Leopoldo sí.
Se sentó. A su lado se encontraba una enorme maceta con una planta con hojas largas y anchas que impedían la visual hacia el lado derecho de la sala. Por eso no lo veía.
Leopoldo estaba del otro lado de la maceta. Se escondió aún más para que el Enano no se diera cuenta.
Alicia, ubicada en su escritorio frente a ellos, comenzó a observar una situación extraña. Lo conocía a Leopoldo, era un alto funcionario de la Aduana que periódicamente asistía a reuniones en el puerto. Le llamaba la atención las contorsiones que hacía con su cuerpo. No era común en él. Siempre se presentaba con mucha seriedad y formalidad.
Se levantó y se dirigió hacia Alicia. Lo hizo a propósito para que el Enano Anderson lo viera. Volvió a su asiento. No se saludaron. No se hablaron.
Alicia no entendía nada. Percibió una fuerte dosis de odio en la actitud de cada uno de ellos. No había nadie más en la sala.
Con las manos separaron las hojas de la planta y se descubrieron mutuamente. Leopoldo comenzó a lanzarle las piedritas que se encontraban sobre la tierra, en la base de la maceta. El Enano respondía, agazapado entre el follaje,
La imagen era extraña. Dos señores, ya entrados en años, de traje y corbata, tirándose pequeños objetos detrás de la planta, sin hablarse.
Alicia no aguantó más. Se asustó. Llamó a seguridad.
El Enano Anderson y Leopoldo tuvieron que dar explicaciones para que la cosa no pase a mayores.
Cuando todo se calmó, el Enano le contó a Leopoldo sobre la película. Le explicó que las escenas de la empresa donde trabajaban Luppi y Echarri se filmarían en las instalaciones del puerto. Por esta razón él se encontraba allí.
A Leopoldo le afloró su parte más frívola. Sin pensarlo, le preguntó si podía aparecer como extra.
El Enano no respondió de inmediato. Se quedó pensando. Era una respuesta rápida pero la prolongó. Quería aumentar la ansiedad de Leopoldo. Finalmente le dijo que sí. Leopoldo, que era grandote, lo abrazó de la alegría y lo levantó en el aire.
Alicia quedó desconcertada.
Leopoldo debía estar al otro día con su hija Clarisa en el Club Gimnasia y Esgrima. Saldría de extra en la tribuna, como parte del público que presenciaba un partido de rugby, donde jugaba el hijo de Norma Alejandro y Federico Luppi.
El Enano lo sentó muy cerca de la renombrada actriz.
Leopoldo se tomó el día en el trabajo para poder asistir. La actuación que se grababa en el club se repitió durante todo el día. No salía como el director quería. La escena que finalmente apareció en el film solo ocupó un minuto.
Cuando se estrenó la película, Leopoldo asistió al avant premiere con su familia.
No salió en ninguna escena.

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