El Fantasma Saporitti

Había que mirarlo dos veces para poder verlo. Cuando se movía no hacía ruido. Ni siquiera tenía sombra. No le gustaba la autoridad. Flaco, de vos suave y calma. Todo en él era imperceptible. Nadie sabía si estaba o no estaba. Solo aparecía.

En 1977 el barrio de Fisherton, a pesar que estaba dentro de Rosario, tenía una identidad muy definida. Se encontraba, en esos años, bastante aislado del resto de la ciudad. Su fisonomía fue dada por las familias de origen inglés que lo habitaron inicialmente. Mucho verde, veredas anchas, casonas grandes. En un corto periodo, Fisherton se transformó en uno de los lugares elegidos para vivir por las familias tradicionales. La mayoría de los hijos de estos hogares asistían a una escuela religiosa de la zona, donde cursaban la educación primaria y secundaria. Con 13 años recién cumplidos, Carlitos Saporitti comenzó la etapa más importante de su vida. Ya no era un nene. Ingresaba al primer año de la Enseñanza Media. Conocía a bastantes chicos. De todas maneras, para él, era irrelevante. No se integraba a los grupos. Aunque era una persona querida. Su timidez le costó caro. El primer año tuvo que hacer de “che pibe” de los alumnos de los cursos mayores. Lo mandaban al kiosco a comprar lo que necesitaban en los recreos. Carlitos no se quejaba. No hablaba. Solo observaba.

Esa actitud de no confrontación hizo que las autoridades lo observen con atención y detenimiento. Luego de meditarlo bastante, decidieron ofrecerle una serie de responsabilidades que solamente podía llevar adelante alguien de suma lealtad. Así fue como Carlitos Saporitti, que ya en ese entonces era conocido como el Fantasma, pasó a manejar situaciones cotidianas en la escuela de vital importancia. Había logrado su cometido. Se había ganado la confianza de las autoridades. Ahora era un infiltrado. Se consideraba una especie de doble agente. El Fantasma comenzó a cobrar protagonismo dentro del curso al que asistía. El era quien armaba los planes para que sean ejecutados por sus compañeros. Tenía acceso a información y a lugares sensibles del colegio. Era un ideólogo impecable contra todo lo que representaba algún tipo de autoridad. Buscaba cruzar los límites establecidos. El Fantasma operaba en las sombras. Pero no todo era rebelión. Era hábil en el comercio y siempre conseguía lo que quería. Nunca se quejaba. Los retiros espirituales, donde se enseñaba catequesis eran realizados en un predio enorme, fuera de la ciudad. Duraban tres días. A los 15 años, la mayoría de las chicas y chicos de la escuela buscaban respuestas a inquietudes y deseos que no eran satisfechos por los educadores que tenían en ese momento. No había empatía entre quienes eran los responsables de educar y los chicos. Solo había una enorme e insalvable distancia entre ellos. Los retiros eran utilizados por todos para pasarla bien.


No dejaba de ser una aventura. Eran una de las pocas veces que dormían todos juntos fuera de sus casas. El Fantasma tenía la llave de un cuarto pequeño, donde se guardaba algún refrigerio para los chicos y poco más. Al notar lo mal surtido que estaba, se ocupó de armar un kiosco paralelo a través del cual abastecía las necesidades de todos. Lo más buscado eran los chocolates, alfajores y los Marlboro. Lo prohibido era fumar a escondidas un cigarrillo a la noche en el parque, detrás de los frondosos pinos, y luego comer pastillas o caramelos de menta para que anulen el olor a nicotina. Comenzaba su dilatada carrera comercial. El Fantasma Saporitti conservaba en su poder las llaves de la escuela, de todas las aulas, de la dirección y de la sala de los maestros. Este acceso irrestricto le brindaba un dominio total. Era el único que podía entrar a la sala de los docentes y conocer, entre otras cosas, los exámenes que iban a tomar para definir la nota del bimestre. A los amigos, les pasaba la información gratis, al resto se la vendía. Mantenía un perfil bajo. Cubría sus pasos. No dejaba nada al azar. Ningún cabo suelto. De sangre fría y mente brillante, el Fantasma, siempre estaba agazapado en las sombras esperando el momento para atacar al sistema que tanto lo molestaba. El objetivo era perder la mayor cantidad de horas de clases. En eso estaba pensando el Fantasma, cuando entró y vio el manojo de llaves que tenía a su disposición. Esa imagen fue la que le hizo tomar la decisión.

A las 7.45, como todas las mañanas, sonó el timbre. Comenzaron los acordes de “Aurora”, mientras los alumnos de la escuela formaban. Cuando terminó de izarse la bandera, cada uno de los grupos se prestó a entrar en sus respectivas aulas. No pudieron. Estaban cerradas con llave. Pero las llaves se encontraban puesta, cortadas por la mitad y pegadas en la cerradura. Nadie supo en qué momento el Fantasma armó ese desastre. Fue un caos. Un trabajo exquisito. No existió ninguna prueba que lo involucre. Había planeado todo perfectamente. Ningún detalle lo pudo delatar. Las sospechas de las autoridades caían sobre él, pero no había forma de inculparlo y además, era un Fantasma. Continuaba la bronca con el docente que dictaba catequesis. Demasiado conservador, poco flexible y totalmente desactualizado de lo que le pasaba a los jóvenes. No hacía frío. Empezaba la primavera. La orden del Fantasma fue clara y precisa – Mañana, antes del acto, nos juntamos detrás de la iglesia y nos vamos a cambiar de ropa – expresó con autoridad. Nadie tenía en claro a qué se refería. Los varones asistían a clases vestidos con pantalón de tela, camisa con corbata y un saco. Las muejeres llevaban como uniforme un jumper y camisa. Todos usaban un suéter del mismo color. Fueron llegando de a uno. Se reían. Sabían que el Fantasma había ideado algo distinto. Eran conscientes que cruzarían la línea, pero no tenían idea de qué manera. Tampoco les preocupaba mucho. Faltaba poco para que terminen de cursar la Secundaria. No les importaba nada.


Llegó último. Se aseguró que estén todos presentes. Los juntó detrás de los árboles y dio la orden – Hoy entramos con la vestimenta cambiada. Las mujeres con la ropa de los varones. Y los chicos, con la ropa de las chicas -. Pensaron que era una broma. Pero, cuando vieron que el Fantasma se quedó en calzoncillos, no rieron más. El había armado una lista en la que ordenaba a las parejas de similares altura para que hagan el intercambio de ropa. Se juntaron y cruzaron la calle en dirección a la escuela. El acto comenzó como cualquier otro. Todos los alumnos se dieron cuenta. Los directivos y autoridades, no. Estaban arriba del escenario a una distancia prudencial. El Fantasma también era el responsable de poner la música en el izamiento de la bandera y en los actos. Lo hizo, pero en vez de sonar la canción oficial, sonó “La Marcha de la Bronca”. Significaba una herejía para la época y el lugar. Lo buscaron con la mirada. Ahora sí. Tenían la certeza que él era el responsable de semejante agravio. No lo encontraban. Pedro y Pablo seguían cantando. Solamente el Fantasma tenía las llaves para apagar el aparato de sonido. Pero no aparecía. Las autoridades no se daban cuenta que las chicas eran los chicos y los chicos eran las chicas. Hasta que el docente de catequesis comenzó a hiperventilar. Miró las piernas llenas de pelos que sobresalían debajo del jumper. -¿Cómo era posible? – dijo para sí mismo. Se dio cuenta y corrió, con el último aliento que tuvo, gritando hacia ellos, antes de caer al piso agotado.


Un escándalo. Todo el curso fue amonestado, casi al borde de la expulsión. El fantasma en esa última operación se delató. Es lo que quería. Culminaba la secundaria. Les demostró a todos que él cruzaba la línea cuando quería. El Fantasma Saporitti se despidió como un grande. 

Algo para contar
El Fantasma Saporitti

Había que mirarlo dos veces para poder verlo. Cuando se movía no hacía ruido. Ni siquiera tenía sombra. No le gustaba la autoridad. Flaco, de vos suave y calma. Todo en él era imperceptible. Nadie sabía si estaba o no estaba. Solo aparecía.

En 1977 el barrio de Fisherton, a pesar que estaba dentro de Rosario, tenía una identidad muy definida. Se encontraba, en esos años, bastante aislado del resto de la ciudad. Su fisonomía fue dada por las familias de origen inglés que lo habitaron inicialmente. Mucho verde, veredas anchas, casonas grandes. En un corto periodo, Fisherton se transformó en uno de los lugares elegidos para vivir por las familias tradicionales. La mayoría de los hijos de estos hogares asistían a una escuela religiosa de la zona, donde cursaban la educación primaria y secundaria. Con 13 años recién cumplidos, Carlitos Saporitti comenzó la etapa más importante de su vida. Ya no era un nene. Ingresaba al primer año de la Enseñanza Media. Conocía a bastantes chicos. De todas maneras, para él, era irrelevante. No se integraba a los grupos. Aunque era una persona querida. Su timidez le costó caro. El primer año tuvo que hacer de “che pibe” de los alumnos de los cursos mayores. Lo mandaban al kiosco a comprar lo que necesitaban en los recreos. Carlitos no se quejaba. No hablaba. Solo observaba.

Esa actitud de no confrontación hizo que las autoridades lo observen con atención y detenimiento. Luego de meditarlo bastante, decidieron ofrecerle una serie de responsabilidades que solamente podía llevar adelante alguien de suma lealtad. Así fue como Carlitos Saporitti, que ya en ese entonces era conocido como el Fantasma, pasó a manejar situaciones cotidianas en la escuela de vital importancia. Había logrado su cometido. Se había ganado la confianza de las autoridades. Ahora era un infiltrado. Se consideraba una especie de doble agente. El Fantasma comenzó a cobrar protagonismo dentro del curso al que asistía. El era quien armaba los planes para que sean ejecutados por sus compañeros. Tenía acceso a información y a lugares sensibles del colegio. Era un ideólogo impecable contra todo lo que representaba algún tipo de autoridad. Buscaba cruzar los límites establecidos. El Fantasma operaba en las sombras. Pero no todo era rebelión. Era hábil en el comercio y siempre conseguía lo que quería. Nunca se quejaba. Los retiros espirituales, donde se enseñaba catequesis eran realizados en un predio enorme, fuera de la ciudad. Duraban tres días. A los 15 años, la mayoría de las chicas y chicos de la escuela buscaban respuestas a inquietudes y deseos que no eran satisfechos por los educadores que tenían en ese momento. No había empatía entre quienes eran los responsables de educar y los chicos. Solo había una enorme e insalvable distancia entre ellos. Los retiros eran utilizados por todos para pasarla bien.


No dejaba de ser una aventura. Eran una de las pocas veces que dormían todos juntos fuera de sus casas. El Fantasma tenía la llave de un cuarto pequeño, donde se guardaba algún refrigerio para los chicos y poco más. Al notar lo mal surtido que estaba, se ocupó de armar un kiosco paralelo a través del cual abastecía las necesidades de todos. Lo más buscado eran los chocolates, alfajores y los Marlboro. Lo prohibido era fumar a escondidas un cigarrillo a la noche en el parque, detrás de los frondosos pinos, y luego comer pastillas o caramelos de menta para que anulen el olor a nicotina. Comenzaba su dilatada carrera comercial. El Fantasma Saporitti conservaba en su poder las llaves de la escuela, de todas las aulas, de la dirección y de la sala de los maestros. Este acceso irrestricto le brindaba un dominio total. Era el único que podía entrar a la sala de los docentes y conocer, entre otras cosas, los exámenes que iban a tomar para definir la nota del bimestre. A los amigos, les pasaba la información gratis, al resto se la vendía. Mantenía un perfil bajo. Cubría sus pasos. No dejaba nada al azar. Ningún cabo suelto. De sangre fría y mente brillante, el Fantasma, siempre estaba agazapado en las sombras esperando el momento para atacar al sistema que tanto lo molestaba. El objetivo era perder la mayor cantidad de horas de clases. En eso estaba pensando el Fantasma, cuando entró y vio el manojo de llaves que tenía a su disposición. Esa imagen fue la que le hizo tomar la decisión.

A las 7.45, como todas las mañanas, sonó el timbre. Comenzaron los acordes de “Aurora”, mientras los alumnos de la escuela formaban. Cuando terminó de izarse la bandera, cada uno de los grupos se prestó a entrar en sus respectivas aulas. No pudieron. Estaban cerradas con llave. Pero las llaves se encontraban puesta, cortadas por la mitad y pegadas en la cerradura. Nadie supo en qué momento el Fantasma armó ese desastre. Fue un caos. Un trabajo exquisito. No existió ninguna prueba que lo involucre. Había planeado todo perfectamente. Ningún detalle lo pudo delatar. Las sospechas de las autoridades caían sobre él, pero no había forma de inculparlo y además, era un Fantasma. Continuaba la bronca con el docente que dictaba catequesis. Demasiado conservador, poco flexible y totalmente desactualizado de lo que le pasaba a los jóvenes. No hacía frío. Empezaba la primavera. La orden del Fantasma fue clara y precisa – Mañana, antes del acto, nos juntamos detrás de la iglesia y nos vamos a cambiar de ropa – expresó con autoridad. Nadie tenía en claro a qué se refería. Los varones asistían a clases vestidos con pantalón de tela, camisa con corbata y un saco. Las muejeres llevaban como uniforme un jumper y camisa. Todos usaban un suéter del mismo color. Fueron llegando de a uno. Se reían. Sabían que el Fantasma había ideado algo distinto. Eran conscientes que cruzarían la línea, pero no tenían idea de qué manera. Tampoco les preocupaba mucho. Faltaba poco para que terminen de cursar la Secundaria. No les importaba nada.


Llegó último. Se aseguró que estén todos presentes. Los juntó detrás de los árboles y dio la orden – Hoy entramos con la vestimenta cambiada. Las mujeres con la ropa de los varones. Y los chicos, con la ropa de las chicas -. Pensaron que era una broma. Pero, cuando vieron que el Fantasma se quedó en calzoncillos, no rieron más. El había armado una lista en la que ordenaba a las parejas de similares altura para que hagan el intercambio de ropa. Se juntaron y cruzaron la calle en dirección a la escuela. El acto comenzó como cualquier otro. Todos los alumnos se dieron cuenta. Los directivos y autoridades, no. Estaban arriba del escenario a una distancia prudencial. El Fantasma también era el responsable de poner la música en el izamiento de la bandera y en los actos. Lo hizo, pero en vez de sonar la canción oficial, sonó “La Marcha de la Bronca”. Significaba una herejía para la época y el lugar. Lo buscaron con la mirada. Ahora sí. Tenían la certeza que él era el responsable de semejante agravio. No lo encontraban. Pedro y Pablo seguían cantando. Solamente el Fantasma tenía las llaves para apagar el aparato de sonido. Pero no aparecía. Las autoridades no se daban cuenta que las chicas eran los chicos y los chicos eran las chicas. Hasta que el docente de catequesis comenzó a hiperventilar. Miró las piernas llenas de pelos que sobresalían debajo del jumper. -¿Cómo era posible? – dijo para sí mismo. Se dio cuenta y corrió, con el último aliento que tuvo, gritando hacia ellos, antes de caer al piso agotado.


Un escándalo. Todo el curso fue amonestado, casi al borde de la expulsión. El fantasma en esa última operación se delató. Es lo que quería. Culminaba la secundaria. Les demostró a todos que él cruzaba la línea cuando quería. El Fantasma Saporitti se despidió como un grande. 

Contactanos!