Distraídos, hay siempre

Siempre hay algún despistado. Pero si además, en una pareja ambos lo son, cualquier acto cotidiano por simple que sea, puede resultar complicado. Cuando la distracción es permanente, todo puede suceder.

Norma y Lorenzo hicieron su carrera laboral en el área educativa. Ella, como supervisora de escuelas en la Provincia de Buenos Aires, y él, como director de un colegio privado en San Isidro. Llevaban una vida simple y austera. El objetivo era ahorrar dinero para poder viajar. Ese compromiso con sus finanzas les permitía, todos los años, pasear por el extranjero; además de las merecidas vacaciones familiares en el verano. Con el paso del tiempo, se fueron quedando sin amigos con quienes compartir esas experiencias.

 

La excesiva distracción en sus comportamientos cotidianos, tanto de Norma como de Lorenzo, generaban roces y tensiones cuando viajaban acompañados. Los últimos recorridos los realizaron solos. La fama de despistados había trascendido su círculo social, familiar y laboral.

 

Un simple acto como sacar la bolsa de residuos a la calle y depositarla en el contenedor de la basura cuando Lorenzo salía a buscar un taxi para ir a trabajar, podía no serlo. Muchas veces, Lorenzo no sólo subía al taxi con la bolsa de residuos, sino que entraba al colegio y a su despacho llevando la basura junto a su maletín.

 

En el caso de Norma, lo más habitual eran sus constantes desorientaciones en los shoppings o en la calle. Siempre se perdía y tenía una fuerte necesidad de comprar servilletas de tela. Iba a cualquier lado, menos al lugar donde tenía que ir. Lorenzo era impredecible. En más de una ocasión, interrumpió a su psicoanalista, que se encontraba atendiendo a otros pacientes, para reclamar los antejos, que según él, los había olvidado allí cuando se retiró de la sesión. El psicoanalista ya lo conocía, simplemente le señalaba que los anteojos los llevaba puesto.

 

Lorenzo saludaba amablemente, cerraba la puerta y se retiraba tranquilo, como si no hubiese sucedido nada. Para la gente común, que no sufre de estos problemas de distracción, resulta casi imposible convivir con personas así. En un viaje al extranjero, de 20 a 30 días de duración, se pueden generar tensiones irreconciliables. Querían recorrer la zona norte de España. El plan era hacer base en Madrid y luego de tres días, llegar a San Sebastián. De allí viajar hacia el Oeste, bordeando la costa del Cantábrico hasta la frontera con Portugal y regresar directamente a Madrid, donde permanecerían otros cuatro días para tomar el vuelo de regreso a Argentina. Hacía poco tiempo que habían retomado una relación familiar con Roberto, un primo de Lorenzo que se instaló en Neuquén donde armó su familia. Por esas cosas de la vida, no se vieron en más de 20 años. Hasta que el destino los unió nuevamente. Un episodio de salud obligó a Roberto y su mujer, Gladys, a viajar a Buenos Aires y permanecer allí durante diez días.

 

La única referencia que tenían en la ciudad eran Lorenzo y Norma. Así fue como se reencontraron. Prometieron no perder el contacto y visitarse mutuamente. De estos encuentros salió la idea, por parte de Roberto y Gladys, de viajar con sus primos a España. No conocían Europa.

 

Madrid les encantó. Estaban tan absortos con lo que observaban que las distracciones de Norma y Lorenzo aún no habían afectado la convivencia. Al tercer día, dejaron el hotel para iniciar la otra etapa del viaje en el automóvil que habían alquilado. La primera parada era en la bellísima ciudad de Toledo. Después de más de una hora de viaje, al llegar al alojamiento, Lorenzo se da cuenta que se olvidó todos los documentos, pasaportes e incluso las tarjetas de créditos en la caja de seguridad del hospedaje de Madrid. No hay explicación que pueda justificar semejante olvido. Esos documentos en un viaje son esenciales. Ni Lorenzo, y mucho menos Norma, se inmutaron. Simplemente, se subieron al auto con sus primos y se volvieron a buscar las pertenencias olvidadas. Perdieron todo el día yendo y viniendo. Esa pérdida de tiempo fue lo suficientemente considerable como para cambiar el ánimo de Roberto y Gladys. La situación se hizo insostenible cuando se cansaron de las constantes desorientaciones de Norma, cada vez que salían a caminar. Sencillamente, desaparecía. Lo que terminó de agotar la relación fue cuando se metió en la tienda El Corte Inglés. Toda la tarde les llevó encontrarla. La relación quedó seriamente lesionada.

 

En ese escenario de distracciones y tolerancia cero terminaron el viaje. De regreso, en el avión, se aflojaron las tensiones. El afecto y cariño familiar pudo más que los enojos vividos. Antes de aterrizar, tuvieron que completar el formulario de la AFIP y Migraciones que miembros de la tripulación les entregaban a los pasajeros. Lorenzo se ofreció a llenarlos. Arribaron a Ezeiza y los dos matrimonios hicieron la cola para presentarse en migración. Casi al momento de ser atendidos, Norma, con un gesto de sorpresa, dijo que se olvidó todos los pasaportes en el avión. Lorenzo no lo podía creer. No, no puede ser – exclamaron Gladys y Roberto. Se dieron vuelta para controlar la ira. Le pidieron, con la poca paciencia que les quedaba, que revise bien su bolso. Así lo hizo. Pero Norma, no los encontró. Los pasaportes no aparecían. Hacía 40 minutos que habían bajado del avión. En ese momento, el oficial de migraciones los llama para que presenten los documentos. Los cuatro se acercan y le explican que se olvidaron los pasaportes arriba del aparato. Norma le muestra los formularios que habían llenado antes de bajar y le insiste en que quedaron en la aeronave. El oficial comienza a desplegar un operativo de inmediato. Era mucho el tiempo transcurrido desde el aterrizaje. Todos fueron corriendo hacia el avión. El trayecto era largo. Llegaron extenuados, justo a tiempo. El personal había limpiado y recogido la basura en las bolsas, pero no los habían depositado en el contenedor. El funcionario a cargo ordenó que se vuelque toda la basura al piso del avión.

 

A regañadientes, los trabajadores cumplieron la orden. Fue una tarea que llevó 15 minutos. No encontraron nada. No aparecían los pasaportes. El tiempo pasaba y los ánimos se caldeaban. La Policía de Seguridad Aeroportuaria mandó a revisar las cámaras para observar si había entrado o salido del avión, algún sujeto distinto a los habituales en esa instancia. Se movilizaron muchas personas de diferentes reparticiones del Aeropuerto para dar con los documentos perdidos. Era todo un misterio. Norma, primero se rió. Luego, desde la escalinata donde se accede a la aeronave, gritó, con una sonrisa de oreja a oreja, y expresó - Chicos, chicos. Ya está. Encontré los pasaportes -. Los tenía escondidos en el corpiño. Los había puesto allí porque, según ella, tenía miedo de olvidárselos.

 

Roberto y Gladys la querían insultar pero lo evitaron. El oficial de migraciones se mordió la boca para no decir nada; los empleados de limpieza se dieron vuelta. Ellos sí la insultaron. Tenían que volver a levantar toda la basura del avión. Como si no hubiese pasado nada, Lorenzo le dio un beso a Norma, agradeció a los trabajadores y se fueron. Bajaron la escalinata hacia la cola de migraciones.

 

Norma y Lorenzo continúan viajando, pero lo hacen solos. Nunca más pudieron encontrar compañeros de aventuras. Sus distracciones continuaron e incluso, con la edad, se acentuaron.
 

Algo para contar
Distraídos, hay siempre

Siempre hay algún despistado. Pero si además, en una pareja ambos lo son, cualquier acto cotidiano por simple que sea, puede resultar complicado. Cuando la distracción es permanente, todo puede suceder.

Norma y Lorenzo hicieron su carrera laboral en el área educativa. Ella, como supervisora de escuelas en la Provincia de Buenos Aires, y él, como director de un colegio privado en San Isidro. Llevaban una vida simple y austera. El objetivo era ahorrar dinero para poder viajar. Ese compromiso con sus finanzas les permitía, todos los años, pasear por el extranjero; además de las merecidas vacaciones familiares en el verano. Con el paso del tiempo, se fueron quedando sin amigos con quienes compartir esas experiencias.

 

La excesiva distracción en sus comportamientos cotidianos, tanto de Norma como de Lorenzo, generaban roces y tensiones cuando viajaban acompañados. Los últimos recorridos los realizaron solos. La fama de despistados había trascendido su círculo social, familiar y laboral.

 

Un simple acto como sacar la bolsa de residuos a la calle y depositarla en el contenedor de la basura cuando Lorenzo salía a buscar un taxi para ir a trabajar, podía no serlo. Muchas veces, Lorenzo no sólo subía al taxi con la bolsa de residuos, sino que entraba al colegio y a su despacho llevando la basura junto a su maletín.

 

En el caso de Norma, lo más habitual eran sus constantes desorientaciones en los shoppings o en la calle. Siempre se perdía y tenía una fuerte necesidad de comprar servilletas de tela. Iba a cualquier lado, menos al lugar donde tenía que ir. Lorenzo era impredecible. En más de una ocasión, interrumpió a su psicoanalista, que se encontraba atendiendo a otros pacientes, para reclamar los antejos, que según él, los había olvidado allí cuando se retiró de la sesión. El psicoanalista ya lo conocía, simplemente le señalaba que los anteojos los llevaba puesto.

 

Lorenzo saludaba amablemente, cerraba la puerta y se retiraba tranquilo, como si no hubiese sucedido nada. Para la gente común, que no sufre de estos problemas de distracción, resulta casi imposible convivir con personas así. En un viaje al extranjero, de 20 a 30 días de duración, se pueden generar tensiones irreconciliables. Querían recorrer la zona norte de España. El plan era hacer base en Madrid y luego de tres días, llegar a San Sebastián. De allí viajar hacia el Oeste, bordeando la costa del Cantábrico hasta la frontera con Portugal y regresar directamente a Madrid, donde permanecerían otros cuatro días para tomar el vuelo de regreso a Argentina. Hacía poco tiempo que habían retomado una relación familiar con Roberto, un primo de Lorenzo que se instaló en Neuquén donde armó su familia. Por esas cosas de la vida, no se vieron en más de 20 años. Hasta que el destino los unió nuevamente. Un episodio de salud obligó a Roberto y su mujer, Gladys, a viajar a Buenos Aires y permanecer allí durante diez días.

 

La única referencia que tenían en la ciudad eran Lorenzo y Norma. Así fue como se reencontraron. Prometieron no perder el contacto y visitarse mutuamente. De estos encuentros salió la idea, por parte de Roberto y Gladys, de viajar con sus primos a España. No conocían Europa.

 

Madrid les encantó. Estaban tan absortos con lo que observaban que las distracciones de Norma y Lorenzo aún no habían afectado la convivencia. Al tercer día, dejaron el hotel para iniciar la otra etapa del viaje en el automóvil que habían alquilado. La primera parada era en la bellísima ciudad de Toledo. Después de más de una hora de viaje, al llegar al alojamiento, Lorenzo se da cuenta que se olvidó todos los documentos, pasaportes e incluso las tarjetas de créditos en la caja de seguridad del hospedaje de Madrid. No hay explicación que pueda justificar semejante olvido. Esos documentos en un viaje son esenciales. Ni Lorenzo, y mucho menos Norma, se inmutaron. Simplemente, se subieron al auto con sus primos y se volvieron a buscar las pertenencias olvidadas. Perdieron todo el día yendo y viniendo. Esa pérdida de tiempo fue lo suficientemente considerable como para cambiar el ánimo de Roberto y Gladys. La situación se hizo insostenible cuando se cansaron de las constantes desorientaciones de Norma, cada vez que salían a caminar. Sencillamente, desaparecía. Lo que terminó de agotar la relación fue cuando se metió en la tienda El Corte Inglés. Toda la tarde les llevó encontrarla. La relación quedó seriamente lesionada.

 

En ese escenario de distracciones y tolerancia cero terminaron el viaje. De regreso, en el avión, se aflojaron las tensiones. El afecto y cariño familiar pudo más que los enojos vividos. Antes de aterrizar, tuvieron que completar el formulario de la AFIP y Migraciones que miembros de la tripulación les entregaban a los pasajeros. Lorenzo se ofreció a llenarlos. Arribaron a Ezeiza y los dos matrimonios hicieron la cola para presentarse en migración. Casi al momento de ser atendidos, Norma, con un gesto de sorpresa, dijo que se olvidó todos los pasaportes en el avión. Lorenzo no lo podía creer. No, no puede ser – exclamaron Gladys y Roberto. Se dieron vuelta para controlar la ira. Le pidieron, con la poca paciencia que les quedaba, que revise bien su bolso. Así lo hizo. Pero Norma, no los encontró. Los pasaportes no aparecían. Hacía 40 minutos que habían bajado del avión. En ese momento, el oficial de migraciones los llama para que presenten los documentos. Los cuatro se acercan y le explican que se olvidaron los pasaportes arriba del aparato. Norma le muestra los formularios que habían llenado antes de bajar y le insiste en que quedaron en la aeronave. El oficial comienza a desplegar un operativo de inmediato. Era mucho el tiempo transcurrido desde el aterrizaje. Todos fueron corriendo hacia el avión. El trayecto era largo. Llegaron extenuados, justo a tiempo. El personal había limpiado y recogido la basura en las bolsas, pero no los habían depositado en el contenedor. El funcionario a cargo ordenó que se vuelque toda la basura al piso del avión.

 

A regañadientes, los trabajadores cumplieron la orden. Fue una tarea que llevó 15 minutos. No encontraron nada. No aparecían los pasaportes. El tiempo pasaba y los ánimos se caldeaban. La Policía de Seguridad Aeroportuaria mandó a revisar las cámaras para observar si había entrado o salido del avión, algún sujeto distinto a los habituales en esa instancia. Se movilizaron muchas personas de diferentes reparticiones del Aeropuerto para dar con los documentos perdidos. Era todo un misterio. Norma, primero se rió. Luego, desde la escalinata donde se accede a la aeronave, gritó, con una sonrisa de oreja a oreja, y expresó - Chicos, chicos. Ya está. Encontré los pasaportes -. Los tenía escondidos en el corpiño. Los había puesto allí porque, según ella, tenía miedo de olvidárselos.

 

Roberto y Gladys la querían insultar pero lo evitaron. El oficial de migraciones se mordió la boca para no decir nada; los empleados de limpieza se dieron vuelta. Ellos sí la insultaron. Tenían que volver a levantar toda la basura del avión. Como si no hubiese pasado nada, Lorenzo le dio un beso a Norma, agradeció a los trabajadores y se fueron. Bajaron la escalinata hacia la cola de migraciones.

 

Norma y Lorenzo continúan viajando, pero lo hacen solos. Nunca más pudieron encontrar compañeros de aventuras. Sus distracciones continuaron e incluso, con la edad, se acentuaron.
 

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